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18 May

 

 

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II LIDIA y SACRIFICIO DEL TORO

La Plaza, una arquitectura mítica

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La Plaza, una arquitectura mítica

La matriz geométrica sobre la cual se levanta el edificio de la plaza es el círculo. No el círculo del anfiteatro, que se interrumpe para hacer sitio a la escena, ni el del coliseo, aunque el primero oponga un universo imaginario al mundo real y el otro se cierre a la vida en un círculo de fiesta y barbarie.

 

La plaza de toros tiene otro ancestro: la plaza mayor urbana, centro y foro donde la ciudad se encuentra, se interpela, se castiga, se divierte y convive. Era el centro, la confluencia de las principales vías de la urbe, también el sitio de jugar al toro. Corridas reales en España y Portugal, corridas virreinales en América, sucedieron en este escenario paradigmático de las fiestas taurinas. Así como otras, menos pomposas pero más frecuentes, tenían lugar en la plaza mayor de los pueblos. Por eso, en los bajos del Ayuntamiento de muchos de ellos perduran, y funcionan, los chiqueros y el toril, como en el de Chinchón (Madrid).

 

De ese centro urbano, convivencial, la plaza hereda el espíritu de foro que convierte al público en coro, pues no sólo participa de la acción dramática sucedida en el ruedo -la crítica o la jalea-, sino que después la sentencia. En la función taurina el público es juez y parte. Así lo entendió el arquitecto del coso taurino, pues aquellas precedentes plazas urbanas solían ser cuadradas, horizontales, a veces octogonales o de irregular geometría, y él eligió el círculo como figura esencial del acto taurino. De este modo situaba al coro como el representante de una humanidad suprema, de formato cósmico, en perfecta simetría espacial con su función soberana, popular y democrática, de inspector y participante colectivo en el hecho taurino, de ahí que solo apele al palco presidencial, juez de la plaza y árbitro de la lidia para que, al final de esta, actúe como intérprete de su voluntad colectiva. No hay otra autoridad en la plaza, y es una autoridad delegada. Valga como ejemplo la situación del Palco Real, pues por muy grandioso que sea -el del Príncipe en Sevilla, sin ir más lejos-, es tan periférico como el lugar ocupado por cualquier espectador. En el marginal reino taurino, la Autoridad Publica no tiene función, o se acopla al coro circular o no es nada. Más consciente de que la plaza de toros elimina las jerarquías del mundo real, el arquitecto de los modernos cosos americanos no reserva un lugar prominente para el Presidente de la República, como tampoco lo hay en muchas plazas españolas. Se le otorga un palco igual a los demás.

 

El círculo es el dibujo del eterno retorno, la detención del tiempo que no tiene fin: es el eterno principio y el eterno final. Del círculo no se sale hasta morir o vencer a la muerte. En el círculo, la carrera del toro llega a su fin, y si barbea tablas, siempre llega al mismo sitio. El arquitecto del toreo sabía de toros. Sabía que en el círculo, el toro olvida con facilidad sus querencias, y hasta al mansurrón no le queda otra que embestir. Sabía que el ruedo reproduce el círculo imaginario que el toro estima en el campo como su territorio y en el cual no admite intromisión alguna. Sabía que es el espacio definitivo del juego, el sustituto del escenario real de la vida, su paradigma imaginario como representación de la tragedia: la del toro, que allí debe decir quién es y después morir, y también la tragedia abierta del torero, a la que vence cuando abandona el ruedo tras torear y matar con grandeza al toro, ese toro que recíprocamente también lo quiere matar, o a la que sucumbe con deshonor cuando es incapaz de matarlo o de saberlo torear. Para ambos, el ruedo es la perfecta geometría del destino.

 

Función y significación se conjugan en la arquitectura del círculo. Porque el toreo es en redondo o apenas es toreo. La línea recta expresa la embestida del toro en libertad, sin ser sometida, la curva implica su sumisión, la obediencia de la fuerza instintiva del bruto al mando inteligente del hombre. En el toreo, basta en el lance más liviano, siempre hay un esbozo de curva, y se consuma definitivamente cuando se liga en redondo, hay acople de contrarios, la embestida se hace coreografía y repite la línea circular sobre la cual se levanta el edificio de la plaza. Significativamente, el “ole” que acompaña al toreo es también una palabra semicerrada -para poderse ligar, por la “e” se fuga y se enlaza a otro “ole” -, similar al vocablo “olä” que los hebreos cantaban en el templo cuando el humo de la víctima sacrificial ascendía al cielo, y muy parecida a la palabra “Alá” de los árabes, ésta ya cerrada porque designa el nombre de Dios, que es principio y fin de todas las cosas. En el baile y en el cante, los musulmanes exclaman “aI-lá” (así es su sonido en castellano) cuando sienten como un zarpazo la aparición del arte (¿el soplo sagrado?), lo mismo que sucede con el cante y baile flamencos, o en el toreo cuando su geometría se desborda de belleza.

 

El influjo de la plaza mayor da al coso taurino su aire de fiesta efervescente, y su arquitectura ritual, un no sé qué de sagrado. Su forma oblonga reproduce el contorno de las urbes antiguas, y también el infinito, al que se supone circular, lo que no tiene principio ni fin. Su espacio cóncavo es inverso al ángulo gótico, que parece entrar en el cielo; la plaza, por el contrario, lo recibe. Y con él, a su dios solar. ¿Son las plazas de toros un templo cósmico donde se rinde un inconsciente culto sacrificial al Sol? ¿O son un templo infernal que sacrifica al dios telúrico cuando se nos aparece al salir del toril: Dionisio, el dios-toro, divinidad llegada desde el útero/gruta de la montaña?

 

El sol parte la plaza en dos y crea la sombra. Y un juego de sol y sombra es la corrida de toros. Un pleito entre la vida y la muerte. El toro es la parte de sombra, el misterio del instinto, el abismo animal, la desmesura destructiva de su bravura, lo salvaje, que nos llega al coso de la doble luz desde la noche negra del toril; y el torero, vestido de luces, es la parte de sol, la inteligencia, el canon, la armonía, el triunfo de la vida sobre la muerte, y hace su aparición por la puerta de cuadrillas, que es la Puerta del Sol-constaten que siempre, en todas las plazas, está situada al Este, y recibe la luz vespertina del sol desde Poniente-. Cuando empieza la lidia se funde el sol con la sombra y empieza el toreo, pues el torero concilia, aparentemente, la vida con esa muerte prometida que es el toro, y ambos inician un abismal arte de claroscuro, la muerte fundida con la vida, pero de la vida toreando a la muerte (torear es poner luz a la embestida del toro), rebelión estética que finaliza cuando la vida, es decir el torero, mata a la muerte, el toro de su destino: una tragedia al revés, pero siempre a punta de no serlo, un juego apolíneo y dionisíaco, en el que triunfa -o debe triunfar- Apolo. Por eso, la corrida es un juego donde la tragedia se hace fiesta.

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El coro se sienta al sol y a la sombra, una división clasista -depende del dinero que se paga par el boleto- sin significado alguno desde el punto de vista del rito: en la plaza manda tanto el sol como la sombra. El coro es un yo colectivo compuesto de miles de miradas, de sentimientos individualmente dispares, de razonamientos diversos que se expresan al unísono, fundidos por el ole y la ovación, al compás del toreo, y se disgregan cuando éste se degrada.

 

El coro asciende en círculos concéntricos, que van desde la arena hasta el cielo. El primer círculo, hecho de tierra y cerrado, está pegado al mundo. Pero siendo plano es un espacio abismal, reservado a la violencia, la embestida, y a la cadencia: el escenario de la tauromaquia. Lo ocupan, pues, el toro y los toreros. A su altura, lo envuelve un segundo círculo, la frontera que separa a los actores de los espectadores, el callejón, los entrebastidores del miedo, refugio de toreros y circulo de espera para cada uno de ellos. Arriba, y ascendiendo siempre, los circunda el coro, fila sobre fila, hasta formar una banda compacta que toca el infinito, una bóveda invertida donde los espectadores se sientan con la mirada hacia abajo y con la superioridad de verlo todo, de envolverlo todo con sus ojos, sus voces, sus oles, sus aplausos, sus gritos, sus broncas.

 

Como desde el cielo. El coro es, por tanto, el respetable, que así se le llamó desde que se creó el coso taurino. Pues tiene el poder de juzgar, lo que suele hacer casi siempre con justicia, y determinar el destino de toreros y ganaderos.

 

Ese círculo original, de donde parte la plaza, está cerrado, de allí no sale el toro hasta que haya muerto, ni el torero hasta que lo haya vencido. Es el principio y fin de la bravura viva y la prueba definitiva del torero, la última estancia de un laberinto en el que su hilo de Ariadna son los engaños: el toreo.

 

El ruedo tiene cuatro puertas (hay algunas variantes en plazas donde una puerta cumple dos funciones), dos de entrada: la salida al ruedo de los toreros, por la puerta de cuadrillas, la puerta del sol; el portón de toriles, por donde el toro salta al ruedo, la puerta de la noche; y dos de salida: la puerta de arrastre, a donde va el toro muerto camino del destazadero; y la puerta grande, reservada para el torero triunfador.

 

Cada una de ellas da origen a un subtema arquitectónico. La puerta de cuadrillas suele ser el final del patio de cuadrillas y de caballos, con diversas dependencias: cuadra de caballos, cuarto de arneses, taller de hierros, picadero de caballos, gala de toreros y capilla. Casi ningún arquitecto ha sabido dar el tratamiento campero, rural y elegante, que merece este espacio plural. Tiene posibilidades la plaza de Quito, por el gran espacio dedicado a la cuadra y patio de caballos. La de Madrid comprende todo estos servicios, pero su espacio es triste, casi de penal, a pesar de que sus enladrilladas paredes se adornen con estilo neomudejar. Curiosamente, la de Sevilla no reserva sitio al caballo. Y la de México, medio hundida en la tierra, ofrece todo su espacio al embudo que rodea el ruedo.

 

Las puertas de toriles y de arrastre, separadas en el ruedo, son las dos vías del toro. La segunda lleva al desolladero, que es la antítesis del ruedo, al igual que la carnicería es el reverso real del sacrificio imaginario del toreo. Por eso, suele ser un lugar semioculto en casi todas las plazas. Y la primera, corrales, chiqueros y toril, ofrece un tratamiento modélico en el coso bilbaíno de Vista Alegre. Ocho corrales luminosos, blancos, adornados con vegetación, semicubiertos para proteger al toro de la lluvia o del sol, dan paso al corralillo donde todos los días de toros se presentan, uno a uno, nombre y número, capa y peso, los ejemplares de la corrida, precedidos por una glosa de la ganadería a la que pertenecen. Este pequeño y cuadrado corral, con varias bancadas para los aficionados, se parece a una tabla flamenca, a la miniatura sintética de una escena en el patio de un castillo, y rinde admiración a los toros que se van a lidiar, quienes, una vez presentados y observados, pagan a su chiquero correspondiente en espera de que suene el clarín.

 

La puerta grande tiene dos grandes versiones en Madrid y Sevilla. El alto artesonado que la cubre en Las Ventas, así como los arcos desde donde se divisa la gran esplanada por donde sale el torero en hombros camino de la calle Alcalá, son magníficos. Y en la Maestranza, el paso del diestro en volandas bajo el noble Palco del Príncipe ofrece la más perfecta escenografía del triunfo del héroe solar, quien al atravesar la última puerta recibe el homenaje del sol poniente que enciende las aguas del Guadalquivir.

 

Las plazas de toros de fábrica, cerradas y de gran cabida, se empezaron a construir en el último tercio del siglo XVlll. La erección de estas plazas de considerable tamaño, como las maestranzas de Sevilla, Ronda y Zaragoza, la cortesana de Aranjuez y el viejo coso de la Puerta de Alcalá, corren paralelas a la construcción de los grandes coliseos musicales. Como estos, responden a la emergente pequeña burguesía y a la consiguiente aparición de dos nuevos mercados, el taurino y el musical. El público, salvo en el caso precedente del teatro, es un invento del siglo XVlll. El toreo sale de la plaza mayor urbana -donde antaño los habitantes debían ceder sus balcones a la nobleza- y la música se retira del palacio y de la iglesia. El diestro abandona su estatus de criado de los maestrantes y el músico, el suyo de siervo de los príncipes de la nobleza o de la Iglesia. El toreo descubre la lidia -la inventa, la evoluciona- y la música, la orquesta. Pedro Romero logra de Carlos IV que su oficio deje de ser considerado una profesión viI y lo convierte en profesión liberal al mismo tiempo que Wolfgang Amadeus Mozart abandona a su último señor, el arzobispo de Salzburgo.

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La sala de conciertos y la plaza de toros deparan la libertad progresiva de sus actores, crean el primer mercado del arte. En el caso del toreo, estos lo logran cuando la cuadrilla rural de matatoros -que perdurará en las plazas de pueblo hasta el siglo XX en la figura de los “capas” – pasa a ser la cuadrilla profesional de lidiadores. Son nuevos tiempos en los que, por ejemplo, el rey deberá interceder con el apoderado de Pedro Romero para que los maestrantes y juntas de hospitales, propietarios de las plazas, lo contraten en las condiciones que el coletudo exige. Y llegará el día en que un torero, Francisco Montes “Paquiro”, lidere los dineros de todas las plazas de España, como aconteció con Franz Listz o Nicolo Paganini en todos los teatros musicales de Europa.

El diseño de las plazas de toros cumple con generalizado rigor la estructura que impone la lidia, sin perder su rostro de arquitectura popular (Aranjuez) o ennobleciéndose con puertas grandes de un sereno sabor barroco (Sevilla y Ronda), pero nunca con un estilo que recuerde nada al mudéjar. Éste, el neomudejar, se impondrá primero en el llamado coso de Pignatelli, supongo que con motivo de la célebre carta sobre los orígenes de la Fiesta que le dirigió su amigo, el escritor Nicolás Fernández-Moratín, en la que otorgaba al toreo un origen árabe, o berberisco, o moro, sin que ningún documento medieval lo haya demostrado. Pero la invención cayó en gracia. Goya, muy próximo a los Moratín, padre e hijo, en su tauromaquia grabó moros lanceando al toro, con la capa y a caballo. Y la gran profusión de plazas de toros que se levantaron durante el siglo XIX adoptaron ese estilo. La verdad es que conectaba con el mudéjar que tanto se había prodigado en Aragón, Andalucía, todo el Levante y en Castilla, lo que le procuraba raíces. Además se subía al carro orientalista que inundó al romanticismo en toda Europa. Así que todos lo asumieron y, desde un principio, la mirada colectiva se acostumbró al “mudéjar taurino”. En América, más consecuentes, no hicieron caso.

 

De aquellas plazas, casi todas vigentes, nos quedan, como un anacronismo taurómaco, las enormes dimensiones de su ruedo. Tamaño justificado por la lidia, cuando se construyeron. Entonces, el toro era más manso, acosaba y huía de un caballo a otro, había tres y más, y mucha gente en el ruedo, los picadores permanecían en la arena, a veces hasta el último tercio, las cuadrillas triplicaban su presencia, y nunca -prácticamente hasta Joselito y Belmonte-los matadores se quedan solos con el toro durante la faena de muleta.

 

Los ruedos de Sevilla, Murcia, El Puerto de Santa María, Aranjuez y Madrid, ahora son desmesurados. Pero incluso este último, el más moderno, cuenta con la justificación de que Joselito, asesor técnico de su arquitecto, lo diseñó en un tiempo anterior a la reforma de la suerte de varas, cuando tres picadores estaban ya situados en el ruedo antes de salir el toro. Más sorprendente es que la arena de la Plaza de Valencia, de muy anterior construcción, cuenta con un ruedo de dimensiones más modernas y más reducidas, adaptadas al toro bravo que concentra su pelea en poco terreno. Esos ruedos de menor diámetro propician mayor ritmo a la lidia, extraen del toro más prontas y fijas embestidas y, factor muy importante, acercan la lidia a los espectadores desde cualquier punto cardinal de la plaza. Afortunadamente, esa dimensión es, metro más metro menos, la de Barcelona, Bilbao, La México y casi todas las plazas de América.

 

Por desgracia, la arquitectura moderna no se ha sentido, en su planificación creadora, embargada por el pálpito mítico que subyace tras la piedra -o su material sustituto- de la plaza. Puramente funcionales, como si se tratara de sintéticos estadios, ofrecen la estructura desnuda del coso. En cierto modo lo esencializan, pero también lo despojan de esa aura de ilusión incierta que transporta a la gente cuando va a los toros: la corrida es una extraña función viva, en la que lo imaginario se superpone, sin anularlo, a lo real. Sólo hay una plaza, la Monumental de México, que parece el esqueleto de sí misma. Pero es un embudo tan inmenso, tan hondo, tan alto en el cielo y tan enterrado en el suelo, que, cuando está vacía, su silencio es un grito, y cuando esta llena, un vértigo abismal la recorre desde el ruedo hasta la última fila de su inmensa grada. En su redonda desnudez se concilia con la verdad más honda del toreo, del toreo hundido, clavado en la tierra, largo, templado y en redondo, como sus “oles”, en La México “olés”, exclamaciones ya cerradas como muletazos interminables, ligados pero uno a uno, con música de péndulo. En La México, su desnudo andamiaje y su cósmica dimensión niegan a la arquitectura toda tentación decorativa. Fea por fuera e impresionante por dentro, es la antítesis de lo banal.

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El Papa criticó a quienes protegen a los animales pero se olvidan de las personas

“Exageran el interés hacia los animales mientras quedan indiferentes ante el sufrimiento del prójimo”, dijo Francisco en la Plaza San Pedro.

FRANCISCO. “Cuántas veces vemos gente tan ligada a los gatos y perros y luego dejan librado al hambre al vecino y a la vecina”, dijo (AP).

Por Agencia Télam
El papa Francisco criticó hoy a quienes “exageran el interés hacia los animales” mientras quedan “indiferentes ante el sufrimiento del prójimo” durante la audiencia jubilar de este sábado en Plaza San Pedro. “Hoy se debe estar atentos a no confundir la piedad con el pietismo, que consiste sólo en una emoción superficial, que no se preocupa del otro”, manifestó el pontífice.

“Tampoco se puede confundir con la compasión hacia los animales, que exagera en el interés hacia ellos mientras deja indiferente ante el sufrimiento del prójimo”, completó. “Cuántas veces vemos gente tan ligada a los gatos y perros y luego dejan librado al hambre al vecino y a la vecina. No, eso no. ¿De acuerdo?”, indicó ante los “corajudos” fieles a los que agradeció su presencia pese a la lluvia.

“Recen por mí, recen por la Iglesia”, había pedido en su saludo a los enfermos que siguieron la audiencia especial de sábado desde el Aula Paulo VI del Vaticano por las condiciones climáticas.

“Les pido saludar a los enfermos que están en la Sala con un aplauso aunque no sea tan fácil aplaudir con un paraguas en la mano”, bromeó entre risas Francisco.

 


 

 

Partiendo Plaza – Carácter y actitud ¡no hay más!

17 de mayo de 2016/Suertematador.com

Amigos de la Fiesta Brava mucho gusto en saludarlos. Lo mostrado por el joven espada aquicalidense Luis David Adame el reciente lunes 16 de mayo de 2016 en el que fue su debut en el coso Monumental de Las Ventas, teniendo como marco la afamada Feria de San Isidro, dentro del undécimo festejo del abono y segunda novillada del serial, no es, para nada, obra de la casualidad pues detrás de ello hay varios años de sacrificio y constancia que se han traducido en la formación de un férreo carácter y una inquebrantable actitud que le hacen definir a la perfección su prioridad, la de ser torero y uno de los más importantes del Orbe Taurino. Y si no, al tiempo.

Apenas el próximo viernes 7 de octubre Luis David habrá de cumplir 19 años de edad pero no es el crecimiento y desarrollo físico lo relevante sino el mental, ese que ha hecho de este torero todo un hombre y un ser humano consciente, condiciones por cierto que las ha venido demostrando desde que tenía 10 años de vida pues desde entonces se tuvo que desprender de la dependencia familiar para saber por sus propios medios como andar en ella pues si para un adulto no es fácil más complicado resulta entonces para un adolescente, totalmente diferente a los demás por la madurez que se adquiere.

Pero esa ha sido la clave del éxito de Luis David, el tener la capacidad para saber valorar lo que tiene, lo que ha ganado y hasta lo que ha perdido que es lo menos pues la idea que tiene para trascender la atesora con mucha claridad y una muestra de ello fue su determinante actuación el reciente lunes en su presentación novilleril en el ruedo del coso Monumental del barrio madrileño de Las Ventas. De ninguna manera fue conformista, asumió la responsabilidad y las consecuencias de la misma.

Los resultados ahí se vieron, cuando ya se había hecho Adame de la embestida del novillo de su debut, llamado “Grabador”, marcado con el número 33 y con 480 kilos de peso, de la dehesa toledana de El Montecillo, previo lucimiento capotero, vino un parpadeo y apareció la cornada grande en la pantorrilla izquierda. Y como los toreros determinados, con decisión, sin verse la herida volvió a la cara del astado para robarle todavía muletazos de gran valor y manoletinas, todo ejecutado, por si fuera poco, con arte y buen trazo. Finiquitó y con la profusa hemorragia a pesar del torniquete que se le aplicó todavía tuvo el detalle de recibir la valiosa oreja y pasearla en una emotiva vuelta al ruedo y, luego, por su propio, retirarse a la enfermería. Eso le gustó e impactó a la gente, carácter y actitud ¡no hay más! Marcando de esa manera un derrotero muy importante en la todavía corta carrera de Luis David.

Ya en sus primeras declaraciones, estando ingresado en el hospital San Francisco de Asís, Adame ha mencionado que su deseo era el de demostrar que quiere ser un torero importante y que si por él fuera no dejaría de torear el próximo lunes 23 de mayo su segunda novillada isidril, sin embargo, habrá que esperar a ver como se da su evolución.

Aquí lo importante es la estupenda carta de presentación que mostró Luis David Adame en su debut venteño, justamente cuando se cumplía un año de su primera novillada sin caballos, la de aquel 16 de mayo de 2015 en el coso extremeño de la Puebla de Sancho Pérez, donde a ejemplares de Hermanos Garzón les “tumbó” cuatro orejas y dos rabos para sumar hasta este lunes 16 reciente, en ese primer año como novillero formal, un total de 18 novilladas con el corte de 34 orejas y los dos rabos mencionados, de ahí entonces que le recordemos a este brillante torero de Aguascalientes que “cuando la inteligencia humana y la irracional belleza animal se conjugan en la arena ¡surge el toreo! Arte y bravura en escena”.

 


 

 

 


 

 

500 años de Tauromaquia en México (XIII)

Consolidación de las haciendas ganaderas en la Nueva España

San Miguel capotea al toro. De Fernando Benitez, Ed. Salvat 1984

Cuando concluía el siglo XVI la Nueva España no había terminado de asimilar cuanto suponía la presencia española. Eran tiempos difíciles con dos culturas, cada una con antecedentes milenarios, buscaban un entendimiento. En ese complejo estado de la cuestión, el asentamiento de la ganadería brava, no destinada sólo al consumo de carnes, se consolidaba. Como observa el historiador Coello Ugalde, en todo este proceso se produce a su adaptación a un tipo de toro destinado para las singularidades de las fiestas que se celebraban por entonces, un camino que corre en paralelo con la propia adaptación de las propias suertes de la Tauromaquia.
Actualizado 18 mayo 2016

José Francisco Coello Ugalde, historiador

Finalizaba el siglo XVI y la Nueva España en su conjunto mostraba una cohesión muy avanzada en diversos aspectos sociales, políticos, económicos y religiosos. Sin embargo todavía se dejaba notar una resistencia por parte de los naturales, quienes no deseaban quedar sometidos a la opresión española que continuaba con su empeño gracias al enorme peso de instituciones –políticas o religiosas-, las cuales fueron clave en la configuración que anhelaba el imperio.

Difíciles tiempos en que dos culturas suma de otras y con un largo camino que solo las disociaba, buscaron a través de un entendimiento mutuo (que otros entienden como sometimiento) encaminar sus relaciones con objeto si no del equilibrio perfecto, al menos procuraron conseguir la armonía que permitiera avanzar frente a los tiempos que se imponían. En ese complejo estado de la cuestión, se consolidaban las primeras unidades de producción agrícola y ganadero (ya como encomiendas, ya como estancias) que incluyeron la crianza de ganados mayores y menores, crianza que no necesariamente contemplaba aquella labor destinada a producir; o mejor aún crear o criar un toro destinado para el tipo de fiestas que se celebraban por entonces. En algunas declaraciones ubicadas a principios del siglo XVII, se menciona el término de “bravo” o “bravura” justo cuando uno o más toros destacaban de aquel conjunto considerable destinado para festejos donde solían correrse y alancearse hasta 100 en cosa de unos pocos días.

Cabezas de ganado vacuno concentrado en un corral, fotografía aérea que
parece decirnos como se pudo comportar el ámbito rural en mayores dimensiones,
tantas, que rebasaban las cercas levantadas ex profeso para evitar el crecimiento
desmesurado que se dio durante el “siglo de la depresión”.Fuente: México.
Una visión de altura. Un recorrido Aéreo del Pasado
al Presente. Introducción de Carlos Fuentes. Fotografías de Michael
Calderwood. México, ALTI Publishing, 1992. 192 pp. Fots., ils.

 

Sin embargo, la puesta en escena detentada por nobles y caballeros en el espacio urbano, determinaba condiciones específicas de un tipo de representación vinculada con patrones cuyos dictados surgían a su vez de diversos tratados –a la jineta o a la brida- que entonces se impusieron como normas muy rigurosas que guardaban íntima relación con los códigos de honor y cuya línea de enlace estaba relacionada con los antiguos libros de caballería.

El ganado vacuno complementó el sentido de vida cotidiana de españoles en América.
Fuente: Archivo General de la Nación [A.G.N.] Fondo: C.B. WAITE., 1908.

Ya hemos visto con detalle en qué medida, la presencia e influencia de Juan Suárez de Peralta fue notoria en al menos la segunda mitad del siglo XVI. Se desconoce si luego de él hubo entre los propios actores otras normas a seguir, aunque es de suponer que las líneas de interpretación estaban más que señaladas desde el otro lado del mundo, con la salvedad que aquí se impuso una peculiar vestimenta que aderezaba en forma distintiva muchos festejos que se celebraron ostentosamente.

Al tiempo que se establecieron hubo largos periodos que encararon el difícil punto de la estabilidad. Si bien el efecto del “siglo de la depresión” no fue, en el fondo causa en el contrate de un alto crecimiento de ganados mayores y menores vs. notorio decremento en la población novohispana (que incluía en sus partes dominantes a naturales, españoles y negros) quienes, como se sabe enfrentaron distintas epidemias, todo ello obligó a que surgiera un fenómeno de descontrol, donde ganados mayores al no ser sujetos de control y domesticación se tornaron cerreros, montaraces y mostrencos; del mismo modo que muchos de ellos, visualizados en el contexto de la raza bos Taurus, se mostraron bravucones aunque sabemos que, en tanto gregarios realizaban sus desplazamientos generalmente en manada. Incluso veo una probable estampa en la que, están presentes no solo estos bovinos potencialmente elegidos o destinados para ser la materia prima en los festejos eminentemente caballerescos, sino que se cruzaran o entremezclaran con bisontes. Los ganados mayores en esa ilimitada y extensiva apropiación, alcanzaron según Joseph de Acosta territorios tan distantes como el actual estado de Zacatecas, justo cuando dicha “migración” partió del centro novohispano. Por su parte, las extensiones ocupadas por los bisontes, que alcanzaron varios millones de ejemplares estaban presentes en buena parte de los actuales países como Canadá, E.U.A., y una buena parte del norte novohispano, ahí donde más tarde estarían presentes las misiones, aunque algunos cientos alcanzaron a poblar el norte del actual estado de Guanajuato.

Oportuna fotografía que nos permite recrear alguna de las posibilidades sobre la
dispersión del ganado que, al extenderse la sobrepoblación hasta las zonas
montañosas, se tornaban cerreros, montaraces o mostrencos.
Fuente: EL PAÍS, edición internacional (México), del 9 de marzo de 2003.

Recuperado el control, fue importante la presencia de los hombres a caballo dispuestos a realizar las operaciones de movilización en esas grandes extensiones donde para controlar los ganados no bastaban los de a caballo. También participaban los de a pie, con lo que en una silenciosa lejanía y quizá sabedores de las virtudes de caballeros y lacayos, encontraron escenario perfecto e informal, aunque válido pues en buena medida habría de contribuir con expresiones propias del ámbito rural. Estas entraron en diálogo con aquellas que se concibieron en la plaza pública con lo que la tauromaquia novohispana comenzó a recibir influjos de carácter natural, es decir mexicano, sin más. O para decirlo de una vez, el rancio toreo español se americanizó en lo general, con toques novohispanos o mexicanos que lograron darle una novedosa vestimenta. Cambiaba la forma, no el fondo.

Si bien todavía no hay nombres, se percibe por otro lado la presencia colectiva de personajes provenientes de la élite novohispana como protagonistas en las grandes fiestas que se celebraron a lo largo del periodo virreinal. Probablemente surgieron aquellos esforzados cuya condición social no debe haberles permitido lugar de privilegio pero sí de reconocimiento, no importando procedencia e incluso color de piel. Esto es en realidad, un complicado ejercicio de especulación, donde para alcanzar la tesis debemos quedarnos en la hipótesis, pues se vale de los pocos documentos o referencias que han llegado hasta nuestros días. Varios casos llaman la atención.

En primer término cabe aquí el dato relacionado con una “víctima”, quizá la primera que registra el toreo en México. Se trata del conquistador Hernando de Villanueva, quien en 1547 es salvado de la embestida de un toro luego de invocar a la Virgen de los Remedios. En acción de gracias, promete edificar un santuario en su honor, el cual queda terminado un año después[1] primero, como ermita. Cuatro años más tarde, el personaje cede el cuidado y asistencia del mismo al gremio de los sastres, quienes se erigen en cofradía en 1554. Se tiene la creencia que dicho espacio y desde un principio, se encontró ligado a la celebración de corridas de toros durante el periodo virreinal, las cuales se realizaron en el que es actualmente la plazuela del Carmen.

A propósito de estas dos últimas circunstancias (escrita e ilustrada), quizá convenga agregar algunos datos que provienen de Imagen del mexicano en los toros. Allí, Armando de María y Campos, su autor, relata el siguiente pasaje:

UN MILAGRO DE LA VIRGEN DE GUADALUPE.
(20 de septiembre de 1643).

Todavía hace algunos años existía en el “museo” de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Villa de su nombre, un “retablo”, exponente vivo de lejano milagro, que relaciona a la Virgen Morena con la tauromaquia mexicana. Sabido es que debido a su crecimiento, el pueblecillo del Tepeyac quiso tener jurisdicción propia y separarse de Tlatelolco. El rey de España otorgole la merced en Cédula Real, dándole rango de pueblo y título de villa, y “fue tanto el regocijo de los vecinos que se hicieron fiestas e se corrieron toros”. ¿Se referirá a esta capea pueblerina con pretensiones de corrida de toros el “retablo” que hasta hace pocos años aún se conservaba en la Basílica Guadalupana?…

El humilde “retablo” tiene una leyenda en que se narra “que a Francisco de Almazán, vecino honrado de México, le aconteció que el día 20 de septiembre de 1643, que se hallaba en la Villa de Guadalupe concurrente a una fiesta de toros, en la Plazuela de la Hospedería del Santuario, y siendo hora de regresarse a casa, bajó del tablado para despedirse de la Santa Imagen, topando de manos a boca con un toro que se había escapado, el cual se arrojó furiosamente arrojándolo por el suelo ante las exclamaciones de espanto de los que estaban en los tablados, y al verle en tan duro trance, imploraron la protección de la Virgen para que lo salvase, pues lo creían muerto en vista de las furiosas embestidas de la fiera; no se hizo sorda la Señora a la invocación, porque teniéndolo ya colérico el toro indignadas sobre el cuerpo las puntas para herirlo, con asombro de todos, como si hubiera oído las invocaciones y lástimas del concurso, y reverenciando el augusto nombre de la Madre de Dios de Guadalupe que llamaba al caído, se retiró dejando la presa que tenía en puntas; corrió a otra parte, dando lugar a que se levantase y se pusiese a salvo”.

El devoto Francisco de Almazán, salvado milagrosamente de la muerte en las astas de un toro criollo por la milagrosa intervención de Nuestra Señora Santa María de Guadalupe, quiso perpetuar el prodigio, para asombro y devoción de generaciones venideras, y encargó pintar el “retablo” que mandó colocar en un colateral del templo, reproduciendo la escena –que es un asombro de color y de dibujo ingenuo- y cumplió el voto de hacer todos los años de su vida solemne festival en aquel día; y, según se consignó en el mismo “retablo”, “el toro se volvió tan manso, que en ocho años estuvo en una laguneta del Santuario, y los muchachos jugaban con él, como si hubiera sido un inofensivo becerrillo”.[2]

Con la obra de Nicolás Rangel a nuestra vera, uno de los primeros datos que proceden de la misma se remonta al año 1551:
El lugar en que se construía el Coso para la lidia de toros, fue la antigua Plazuela del Marqués, plazuela que comprendía el espacio entre las calles de las Escalerillas, Empedradillo y Seminario y gran parte del que ocupa la Catedral. Respecto a este último lugar, el Arzobispo (Alonso de) Montúfar escribía al Consejo de Indias, al finalizar el año de 1554: “También hay cierta diferencia sobre el suelo que está ya bendito, que nos quieren quitar un pedazo para correr toros; y parece cosa indecente, estando ya bendito profanarlo; donde muchas veces los toros matan indios como bestias…” ¿Indios toreadores o peones de lidia? sin duda que las dos cosas serían estos indígenas, pues un poco más tarde los encontraremos no sólo como toreros, sino como maestros en el arte de sortear reses bravas.[3]

Lo que asegura quien fuera el segundo arzobispo de México, tiene que ver, en el fondo, con los correctivos a los cuales se aferró tras la muerte de su predecesor, Fray Juan de Zumárraga, mismos que se materializaron en evitar diversos desórdenes los cuales eran imposibles de ser aceptados por una iglesia que se iba consolidando en tan tempranas fechas en la primera y muy joven etapa de la Nueva España. Montúfar tuvo entre sus principales propósitos la defensa de los indios, aunque en los comentarios que hizo al Consejo de Indias mismo se abandona un tanto, por lo que se entendería algún trato despectivo de su parte, pues detrás de todo esto ya hay una condicionante: para aquella superficie destinada a la que sería una primera construcción de la primitiva catedral, la cual ya se encontraba bendecida, de ahí que cualquier hecho como el que nos refiere, significara –a sus ojos- tremenda profanación.

Ahora bien, el hecho es que existen un conjunto de protagonistas anónimos, todos ellos indígenas, de los que se entiende su marcado interés en asimilar o aprender las más suertes posibles del que vendría siendo un novedoso concepto, como lo fue esa primera etapa de la tauromaquia, cuya puesta en escena estuvo representada en el toreo a caballo, lo cual sucedió en forma más notoria en el espacio rural que en el urbano.

Representando el cosmos taurino novohispano en Tepeapulco. Hidalgo. Esta imagen proviene
del libro Graffitis novohispanos de Tepeapulco, Siglo XVI. Sus autores: Elías Rodríguez
Vázquez y Pascual Tinoco Quesnel. México, Hidalgo, Universidad Autónoma del Estado de
Hidalgo, 2006. 185 p. Ils., fots., facs., planos. (p. 83).

 

¿Habría por parte de este grupo social una actitud temeraria, no contando para ello más que con su valor audaz e imprudente? Como se sabe, también por aquellos años, comenzaban a gestarse otro tipo de casos que pondrían, a los indios y a la sociedad novohispana en su conjunto, en situación vulnerable. Nos referimos a las epidemias, mismas que hicieron acto de presencia como un problema de salud pública que, en algunos casos, se salieron de control.

________________

[1] Guía del Patrimonio Religioso de la Ciudad de Puebla. 1ª ed. Puebla, ISBN en trámite. Véase: http://arquidiocesisdepuebla.mx/index.php/component/jevents/eventodetalle/21/65/guia-de-patrimonio-religioso-en-la-ciudad-de-puebla?Itemid=1.

[2] Armando de María y Campos: Imagen del mexicano en los toros. México, Al sonar el clarín, 1953. 268 p., ils., p. 163-5.

[3] Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. Ils., facs., fots., y en especial de: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Editorial Cosmos, 1980. 374 p. Ils., facs., fots. (Edición facsimilar) obra que, para el presente trabajo, servirá como la fuente de consulta…., p. 9.

 

 


 

 

Muere el novillero peruano Renatto Motta

Por: Redacción | Foto: @PrensaRocarEY
Miércoles, 18 de Mayo del 2016 | México, D.F.

El novillero peruano Renatto Motta, de 20 años de edad, murió la tarde de ayer martes luego de ser corneado en la plaza de Malco, al sur de Perú, y después de un periplo para buscar atención médica, dado que el coso donde actuaba no contaba con una enfermería fija.

La cornada, que le arrancó safena y femoral, tuvo una hemorragia muy profusa. Fue trasladado al centro de salud de Chala, pero no pudieron intervenirlo por no contar con sangre para la transfusión. Entonces se trasladaron rumbo a Nasca y, en el camino, el torero murió desangrado.

Renatto Motta era limeño y en este festejo mixto estaba acartelado con el matador español Emilio Serna, el colombiano Gustavo Zúñiga y el peruano Carlos Bazaán “El Yela”. Apenas el año pasado había debutado como novillero, pero dese niño había emprendido su lucha.

Y es que desde pequeño ingresó a la Escuela Taurina de Acho. A través de las redes sociales mostraron sus condolencias, entre otros, el matador Andrés Roca Rey y el novillero Joaquín Galdós, paisanos de Motta y que le conocían a lo largo de los años.

 

 

 

CONTEXTO La doble ruta que afrontó Renatto Motta

El camino que nunca debió hacerse

18/05/2016 10:57
Tuvo que afrontar dos trayectos tras su percance

Distancia entre el lugar del festejo y los dos hospitales I MUNDOTORO MIGUEL FERNÁNDEZ MOLINA > Madrid

Desde su fatal percance en Malco, departamento de Ayacucho, Perú, Renatto Motta tuvo que recorrer las carreteras andinas en busca de un hospital. Un camino que nunca tendría que haberse afrontado si el coso de Malco -y tantos otros- hubiera contado con unos servicios médicos suficientes.

Primero afrontó, en un vehículo particular no medicalizado, los 116 kilómetros -siempre referidos a distancia por carretera- a través de las carreteras 102 y Panamericana Sur-1S, un recorrido de en torno a dos horas en coche que separaban la montañosa localidad del festejo del centro hospitalario de Chala (departamento de Arequipa).

Desde allí, sin más atención que una estabilización médica haciéndonos eco de las palabras del matador y compañero de cartel Emilio Laserna, se ordenó su traslado, ya sí en ambulancia, al Hospital de Nazca. El joven torero peruano no llegaría a completar los 170 kilómetros y más de dos horas previstas de duración, siempre por la carretera Panamericana Sur-1S que conecta ambas localidades.

Sirva esta mapa para poner en contexto la situación que tuvo que atravesar Renatto Motta en busca de un hospital preparado para atender un percance similar. Y sirva, también, para poner en alerta de las condiciones en que se celebran muchos festejos.

Vista de Malco a través de Google Maps I MUNDOTORO

 

 


 

La revolera

Alejandro Magno

Por Paco Mora
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Gloria a Dios en las alturas y gloria en las plazas de toros a quien, miren por dónde, quizás esté destinado a ser el mesías verdadero de la Tauromaquia de este momento taurino. Magno Alejandro, el Alejandro Magno del momento.
Este San Isidro ha sido la Feria de Talavante. Hasta este momento, el extremeño es el gran triunfador del serial, el único que ha puesto en solfa aquello de “Ortega principio y fin, el que llevaba los toros por donde no querían ir”. Un torero que como el Quijote es capaz de luchar contra los molinos de viento, ha vuelto a imponer su ley en una empresa que parecía imposible. Es muy fácil decir como el rey de España tras la batalla de Trafalgar; “yo no mandé mis barcos a luchar contra los elementos”. Contra los elementos también se puede ganar la batalla con coraje y grandes dosis de confianza en sí mismo.

No se ha conformado con esperar a que le salga el toro colaborador. ¡Qué escarnio! ¿Quién ha dicho que los toros tienen la obligación de colaborar con quien pretende burlar sus embestidas y acabar con ellos de un espadazo? Los toros salen a la arena a vender cara su vida y, si es posible, a ganarle la partida al hombre vestido de luces. Pero Talavante, ya en su anterior cita isidril, luchó a brazo partido con aquel peligroso y despendolado toro de Núñez del Cuvillo y salió triunfador. Y hoy con un toro de Fuente Ymbro, por el que nadie apostaba un céntimo, ha hecho tres cuartos de lo mismo. Un toro complicado y difícil al que el torero ha sabido meter en su dinámica de triunfador, sacándole del cuerpo un faenón de bragueta, arte y torería, y ha vuelto a reventar Las Ventas con su concepto de toreo total.

Cuando los celajes de la noche comenzaban a adueñarse del ruedo por el que Talavante paseaba una oreja imposible para la mayoría de los que hoy por hoy se visten de luces, he tenido mis dudas de si los otros cinco toros de Gallardo no habrán muerto con gloria porque no han tenido la suerte de caer en manos del extremeño de oro del toreo actual.

Gloria a Dios en las alturas y gloria en las plazas de toros a quien, miren por dónde, quizás esté destinado a ser el mesías verdadero de la Tauromaquia de este momento taurino. Magno Alejandro, el Alejandro Magno del momento. Torero grande habemus.

 


 

La revolera

Pedraza de Yeltes tampoco

Por Paco Mora
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Exceptuando el tercero, los otros cinco, bien criados y bonitos de lámina y un par de ellos con más de seiscientos kilos, se han quedado en la fachada. ¿Habrá que recurrir a Indiana Jones en la búsqueda del toro perdido?
Llevamos trece días seguidos como los raíles del tren y Diógenes continúa buscando con su farol encendido el toro bravo y encastado. El tercero le ha permitido a Juan del Álamo una faena aseada, pero también a ese toro, siendo el más factible de la corrida, le ha faltado el punto de fiereza necesario para que el salmantino redondeara su tarde. Los otros cinco, bien criados y bonitos de lámina y un par de ellos con más de seiscientos kilos, se han quedado en la fachada. ¿Habrá que recurrir a Indiana Jones en la búsqueda del toro perdido?

Juan Leal en el último de la tarde ha tenido que apelar al arrimón para que lo vean en Madrid. Y es una pena porque el francés tiene un valor seco y sereno y no se aflige con la cercanía de los pitones en el pecho y en los muslos. Pero además posee planta torera, tiene buena estética y sabe torear. Merece más oportunidades y se me antoja, por lo que se le ha visto esta tarde, que si se las dan es capaz de hacerse un sitio en el escalafón de los matadores de toros.

Escribano continúa en su línea de torero valiente, y banderillero fácil y comprometido no exento de buenas maneras como muletero. Pero toda su decisión ha chocado con el muro infranqueable de la epidemia de falta de casta que afecta a la cabaña brava española, salvo honrosas excepciones. Muy acertado por otra parte su brindis a la señora Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, presente cada tarde en un burladero de callejón. Su actitud contrasta con la de la “podemita” alcaldesa Carmena, que aprovecha cualquier ocasión para hacerle la pascua al toreo.

En fin una tarde más sin pena ni gloria, por falta de toros apropiados para que la emoción irrumpa en el rompeolas de los tendidos. Y mañana los de Fuente Ymbro…

 

 


 

 

FERIA DE SAN ISIDRO

(Foto: Javier Arroyo)

Talavante: “Es bonito encontrarse las cosas difíciles para sacar lo más profundo de ti”

“He tenido que ponerle mucho a mis tres lotes de esta feria”, subraya el extremeño
Por Redacción APLAUSOS
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Alejandro Talavante mostró su satisfacción tras haber paseado una oreja in extremis del toro de Fuente Ymbro que cerró plaza este miércoles en Las Ventas. El extremeño, en declaraciones a nuestros compañeros de Movistar Plus, afirmó: “He tenido que ponerle mucho a mis tres lotes de esta feria, pero la verdad es que a veces es bonito encontrarse con las cosas difíciles para poder uno sacar lo más profundo de si”.

 


 

 

GASTROMAQUIA

Mario Sandoval: “La carne del toro de lidia es saludable y tiene un sabor único”

Los chefs Mario Sandoval (Restaurante Coque) y Luis Martín (Goiceko) con los productos del toro de lidia FEDELIDIA

 

El Chef de las dos estrellas Michelín explicó su proyecto llamado “Carne de Bravo: el valor de la sostenibilidad”

También se presentó la marca ‘Raza Autóctona 100% lidia’

 

ELMUNDO.ESMadrid
18/05/2016 17:53

La Federación de Asociaciones de Raza Autóctona de Lidia (FEDELIDIA), junto con el Chef Mario Sandoval (restaurante COQUE de dos estrellas Michelin, presidente de la Federación de Cocineros y Reposteros (FACYRE) y Premio Nacional de Gastronomía), han presentado esta mañana el proyecto ‘Carne de Bravo: el valor de la sostenibilidad’ en la sala Alcalá de Las Ventas.

Asimismo, se aprovechó la ocasión para presentar el logotipo ‘Raza autóctona 100% lidia’ concedido por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente por parte del Subdirector General de Medios de Producción Ganaderos, D. Arnaldo Cabello.

El Presidente de FEDELIDIA, Borja Domecq, subrayó la importancia del trabajo de las cinco entidades que integran FEDELIDIA para alcanzar el pasado mes de diciembre la autorización del Ministerio de Agricultura para etiquetar la carne de lidia con el Logotipo ‘100% Raza Autóctona’. En ese sentido, agradeció la apuesta decidida de Mario Sandoval por la carne de bravo.

Tomó la palabra, la secretaria de Fedelidia, Dña. Rosario Gómez Vadillo, para explicar los trabajos realizados por la federación y cómo se está comenzando a trabajar con la industria de la carne para la distribución de la carne de toro de lidia y la marca Bravo Gourmet.

A continuación, Mario Sandoval, expuso las bases del Proyecto “Carne de Bravo: el valor de la sostenibilidad”, con sólidos argumentos basados en estudios que se vienen desarrollando desde hace tres años y defendió las excelentes cualidades de la carne de bravo, rica en Omega 3 y Vitamina E. El chef insistió en la necesidad de apostar por una carne sana y saludable y posicionarla como le corresponde en el mercado nacional e internacional.” El prestigioso chef no duda en aplicar el término gastromaquia para poner el valor la carne del toro de lidia.

Sandoval instó al sector ganadero que junto con el apoyo del mundo de la gastronomía, inicien ante la Administración las acciones necesarias para conseguir cambios en una normativa que, injustificadamente, impide el procesado, picado y embutido de las carnes de animales lidiados.

Finalmente, cerró el acto, el Subdirector General de Medios de Producción Ganaderos, D. Arnaldo Cabello, para exponer la importancia del logotipo ‘Raza Autóctona 100% lidia’ y la apuesta decidida del MAGRAMA por los productos de razas autóctonas y por la raza de lidia.

 






 

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