Por Álvaro Acevedo / Foto: Carlos Núñez

Paco Ureña, el hombre de la mirada triste, había asombrado a la Maestranza con un toreo que dolía de tan en redondo que era. Había, a veces, embarcado la embestida suavemente, dejándosela venir, y corriendo la mano con hondura, con un aire abelmontado, casi dramático, y con esa emoción que brota cuando se funden la bravura auténtica y el toreo de verdad. Fue una faena tan soberbia en sus cotas más altas que el público quedó subyugado y pidió las orejas para el torero, que las paseó en clamor.

Fue entonces cuando las notas rasgaron el viento anunciando la salida del treinta y siete “Cobradiezmos”, de 562 kilos, cárdeno claro, de lomo recto, bajo de agujas, con mucho cuello y tocado arriba de pitones. Tenía una mirada franca y a ella se enfrentó, de rodillas frente a chiqueros, un torero honesto llamado Manuel Escribano. Libró el peligro con una larga cambiada, y ya en pie se apretó por lances de pelea mientras el toro anunciaba su buena casta. Tardeó un poquito en el caballo en la segunda vara pero se arrancó alegre y empujó fijo al peto. Luego, galopó en banderillas y se dispuso a morir cuando los clarines anunciaron el último tercio de su lidia.

Pero su embestida, desde el primer muletazo hasta el último, fue colosal. Intensa y profunda; larga y franca; rítmica y noble; fuerte y sin embargo templada; humillada y a la vez orgullosa. “Cobradiezmos” se deslizó por el albero como la lengua húmeda en una espalda blanca; y su entrega supo a ese beso eterno de los labios que se fueron. Manuel le plantó cara con valentía y sinceridad, toreó con ligazón, jamás cedió terreno, corrió la mano en muletazos muy largos, sometió la embestida por momentos y estalló de júbilo cuando el presidente concedió, legítimamente, el perdón del grandioso toro de Victorino Martín.

La tarde en la que Morenito de Aranda se presentó sin suerte en la Maestranza, Sevilla alivió su luto con pañuelos blancos. Y reclamó un indulto que fue como una mirada al frente, como un grito de rebeldía, como un mensaje de esperanza. Y el bravo regresó a la paz del campo mientras corrían lágrimas por las mejillas de algunos hombres. Le pusieron “Cobradiezmos”, el toro que nos hizo llorar.