El gobernador Rubén Moreira está en lo cierto: a Coahuila lo acechan los monstruos de la delincuencia organizada (en primer lugar el narcotráfico) vestidos de cordero para engañar a ingenuos y a autoridades novicias; con las avezadas y corruptas no necesitan disfraz. El mensaje es claro y los destinatarios deben buscarse en los gobiernos municipales no priistas. Sin embargo, al estado lo asedia también otra quimera igualmente violenta y destructiva: la intolerancia.

Como ya lo he escrito, soy taurino. El 24 de octubre asistí, con mi esposa Chilo, al festival celebrado en la plaza Alberto Balderas, de Lerdo. La mayoría de los aficionados éramos de Torreón. Respeto a los taurófobos, por su derecho de serlo, mas no comparto sus motivaciones debido a su visión sesgada de la tauromaquia y su parcialidad: se preocupan de unas cosas e ignoran otras con olímpico desdén. Por ejemplo, la libertad de quienes gustan de una fiesta tan bella como peligrosa, y de quienes la hacen posible, en primer lugar los toros. Balderas falleció después de haber sido empitonado por “Cobijero”, el 29 de diciembre de 1940 en la plaza de La Condesa de la Ciudad de México. Tenía 30 años.

Dos filas delante de la nuestra, en el festival de Lerdo, un matrimonio era acompañado por sus hijos (un niño y una niña), ninguno de los cuales superaba los 10 años. El menor lucía una montera y un capote. Su hermana le hacía fotos con su celular. En la sección contigua, unos esposos –hombre y mujer, aclaro–, próximos a los 80 años, disfrutaban cada suerte. Jóvenes y personas de todas las edades colmaron los tendidos. Había júbilo, no sed de sangre, la cual mueve a los monstruos e incita a los malvados.

La semana pasada viajé a Torreón, entre otras razones, para asistir a la corrida del 27 de noviembre en el Coliseo del Centenario, con un cartel de lujo: Octavio García, “El Payo”, Arturo Saldívar y Diego Silveti, de la dinastía iniciada por su bisa-buelo Juan, “El Tigre de Guanajuato”. La suspensión provisional de la Ley Antitaurina permitía la celebración, pero el municipio, gobernado por el PRI, negó el permiso dos días antes, supuestamente por no cumplir los trámites. Escuché voces de protesta incluso entre quienes no son taurinos.

La corrida en Saltillo, cuyo Alcalde milita en el PAN, se realizó en la fecha programada: 28 de noviembre, con un cartel triunfador: Joselito Adame, Diego Silveti y Armillita IV, nieto de Fermín, “El Maestro de Saltillo” y bisnieto de “El Campero”, quien debutó hacia finales del siglo 19. Previamente, “alguien” arrojó sangre y vísceras frente a la plaza. Una provocación para la empresa y una falta de respeto para los aficionados. Después de la lidia, Protección Civil del Estado clausuró la plaza “Armillita”, cuyo nombre se debe a uno los diestros más célebres de México, a quien Lara compuso el pasodoble “Fermín”.

La cancelación de la corrida en La Laguna y la clausura de la plaza de Saltillo atrajeron a la prensa nacional y provocó críticas contra las autoridades. Los aficionados han mostrado mayor madurez. No han caído en provocaciones ni lo harán, pues no es esa su naturaleza. Sin embargo, entre los dogmáticos –no necesariamente antitaurinos–, siempre habrá gente dispuesta a cruzar la línea que conduce a la violencia. ¿Eso se quiere? ¿Por qué no esperar la decisión final de los tribunales? Existe un monstruo peor que la intolerancia: el miedo. Los taurófilos no lo tienen. Frente a las embestidas políticas, se defienden con la ley, y al hacerlo ponen el ejemplo a sus detractores.

gerardo.espacio4@gmail.com / t: @espacio4mx