BREVES NOTICIAS TAURINAS 3 DE JUNIO 2015

3 Jun

LOGO ANCTL aaVIDA Y LIDIA DEL TORO BRAVO a

 

 

 

 

EFEMÉRIDES TAURINAS

3 DE JUNIO

1923Joselito Flores toma la alternativa en Barcelona de manos de Rodolfo Gaona con Juan Cecilia Punteret como testigo con toros de la viuda de Soler.

 

1923Se inaugura plaza de toros en Frontera, Tabasco y torea Jesus Tenes  jesus tenes  con toros de Garrido.

 

1928Fermin Espinosa Armillita Chico  fermin espinosa armillita chico    debuta en Francia toreando en Beziers toros de Alonso y alterna con Antonio Sanchez y Juan Espinosa Armillita.

 

1928Hipólito Sanchez Macareno sufre gravisima cornada en la boca en Tacuba, D. F. por un novillo de Torrecilla   204524_Torrecilla    cuando alterna con Jenaro Corona.

 

1934Fermin Rivera   fermin rivera    debuta en El Toreo de Mexico matando novillos de Peñuelas    204510_Penuelas     y alterna con Alejandro del Hierro y Miguel Gonzalez Temerario.

 

1934Eduardo Solórzano   eduardo solorzano    debuta en Madrid matando novillos de Sanchez Muriel y alterna con Silvano Zafón Niño de la Estrella y Tomas Borrallo.

 

1934Lorenzo Garza    lorenzo garza    debuta en Portugal toreando en Lisboa novillos de Infante y alterna con Luis Castro El Soldado.LUIS CASTRO EL SOLDADO a

 

1945-Gran triunfo de Fermin Espinosa    LUIS CASTRO EL SOLDADO a   Armillita Chico en Sevilla al matar toros de M. Gonzalez con Domingo Ortega y Pepe Luis Vazquez.

 

1951Nace en Mexico el escritor taurino Benjamin Flores Hernandez.

 

1962Jesus Solórzano hijo se viste por primera vez de luces en Nogales en la lidia de novillos de Benjamin Mendoza y alterna con Julio Garza.

 

1962Gravisima cornada a Rodolfo Palafox   rodolfo palafox    en Tijuana por un toro de Peñuelas en tarde en que alterna con Antonio Velazquez.ANTONIO VELAZQUEZ

 

1962Jaime Rangel   Jaime Rangel        confirma su altemativa en Madrid apadrinado por Joaquin Bernadó con Luis Segura como testigo con el toro Menudito de Alipio Perez Sanchón.

 

1979La ganaderia Celia Barbabosa    CELIA BARBABOSA  DIVISA ROJO, AZUL, BLANCO Y AMARILLO a      debuta en Durango al lidiar su primer corrida que torean Manolo Martinez    manolo      , Jesus Solórzano hijo y Fermin Espinosa hijo Armillita.

 

1984Valente Arellano   valente arellano     toma la altemativa en Monterrey con Eloy Cavazos    eloy cavazos   como padrino y Miguel Espinosa    miguel espinosa     Armillita Chico como testigo con el toro Solitario de Mimiahuapam.170745_SanMigueldeMimiahuapan

 

1984La ganaderia Teófilo Gómez     202426_TeofiloGomez       debuta en Puerto Vallarta con novillada que torean Ricardo    ricardo sanchez     y Luis Fernando Sanchez.luis fernando sanchez a

 

 


 

ÁRBOL GENEALÓGICO DE LAS GANADERÍAS MEXICANAS

(13)

ARBOL 13


 

 

La UCTL aprueba la creación de una FEDERACIÓN DE ASOCIACIONES DE RAZA AUTÓCTONA DE LIDIA y la FUNDACIÓN DEL TORO DE LIDIA
POR UCTL · 3 DE JUNIO DE 2015
DESTACADOS, NOTICIAS ·
COMUNICADO DE PRENSA

La Unión de Criadores de Toros de Lidia celebró ayer una Asamblea General Extraordinaria en donde se aprobaron dos proyectos importantes para la Entidad con la unanimidad de las ganaderías representadas en uno de los salones de la sede de la UCTL.

El primer proyecto aprobado fue la creación de la Federación de Asociaciones de Raza Autóctona de Lidia (FEDELIDIA), que engloba a las cinco asociaciones ganaderas de lidia en España: Unión de Criadores de Toros de Lidia (UCTL), Asociación de Ganaderías de Lidia (AGL), Agrupación Española de Reses Bravas (AEGRB), Ganaderos de Lidia Unidos (GLU) y Asociación de Ganaderos de Reses de Lidia (AGRL). El objeto prioritario de la Federación es la obtención del logotipo “100% Raza Autóctona” que otorga el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (MAGRAMA). Esta calificación servirá para poner en valor las producciones del ganado de lidia (carne, cuero y piel).

En la Asamblea se informó que D. Borja Domecq Solís presidirá FEDELIDIA, y que se está trabajando de forma coordinada con el resto de asociaciones para conseguir el mencionado logotipo.

Por otro lado, la Asamblea dio luz verde a la puesta en marcha de la Fundación del Toro de Lidia. Esta entidad, sin ánimo de lucro, se crea para la promoción, difusión y defensa del toro de lidia y de la cultura taurina, en la que de forma abierta y bajo la coordinación de la UCTL, puedan participar y formar parte de ella, cualquier persona, entidad, empresa… de todos los sectores de la sociedad que apoyen el mundo del toro con independencia de su nacionalidad.

 


 

 

NOTICIAS Aprueban la creación de FEDELIDIA
Las Asociaciones Ganaderas se unen en busca del logotipo 100% Raza Autóctona de Lidia
03/06/2015 22:20
Aprueban la creación del proyecto FEDELIDIA
Ponen en marcha la Fundación del Toro de Lidia
MUNDOTORO > Madrid


 

Suertes y comportamientos
El toreo negativo: los toros contra Domingo Ortega
Es contradictorio que se hable de las figuras del actual escalafón como los adalides de la técnica aplicada al toreo. La técnica existe justamente para la resolución de los problemas que, los toros de hoy, precisamente no presentan en su mayoría.
Por Antonio Mechó González
03/06/2015@17:50:00 GMT+1

Dicen que en cierta ocasión un prolijo intelectual alemán entró en la Biblioteca Británica y, observando sus más de 600 kilómetros de estanterías, dijo: «Señores, no perdamos más el tiempo; todo está ya escrito». Pues a veces da la sensación observando la extensísima y cada vez más creciente bibliografía taurina que, efectivamente, también sobre toros está todo escrito. La cuestión por tanto será discernir que es, de todo este grueso, lo que verdaderamente vale la pena mantener en nuestra memoria personal. No todos los pintores del Siglo de Oro fueron Velázquez; por mucho que esos lienzos se coticen hoy en las subastas de arte.

Es por ello que de cuando en cuando debamos rescatar aquellos textos que aún pareciendo olvidados por todos, son en realidad una auténtica referencia para la historia. En este caso la historia taurina.

Fundamental en este aspecto es recordar las viejas –y a la vez tan actuales- poéticas. Y digo poéticas en el sentido antiguo del término, en el de las líneas que se encargaron de fundamentar las artes; como aquellas letras sobre la pintura, la arquitectura o la tragedia que escribieron los Vicente Carducho en el siglo XVII, Diego de Sagredo en el XVI, o la del mismo Aristóteles si nos retrotraemos al IV a.C. Pero hoy no iremos tanto a lo pretérito y sí más a lo contemporáneo. Es en este último siglo donde precisamente la importancia y desarrollo de estas poéticas han sufrido –están sufriendo- los mayores cambios. Cambios unidos a la evolución a la que se ha sometido al toro –más que a la del toreo en sí mismo- pero, sobre todo, unidos al cambio en el espectáculo. Del espectáculo sublime, reflexivo y estético, hemos pasado al espectáculo de consumo y esteticista. Algo muy contemporáneo, bien es cierto.

En este contexto de cambio es donde acrecientan su importancia las dos últimas poéticas que, con la plena consciencia de serlo, estamparon los últimos paradigmas del toreo histórico. Es por ello que deben aparecer por nuestras bibliotecas particulares. Por cierto, rompiendo las falacias inerciales que quieren hacer ciertas los taurinos del mundillo, ambas fueron paridas por toreros. La última fue la de Rafael Ortega Domínguez (1921-1997); la anterior, nuestra referencia principal de hoy, la de Domingo López Ortega (1906-1988). No fueron familia a pesar de sus apellidos, pero les emparentó en cambio su preocupación por la deriva del toreo.

El primero en lanzar un órdago fue Domingo Ortega cuando, el 29 de marzo de 1950, pronunció su ineludible conferencia en el Ateneo de Madrid titulada “El arte del toreo”. Treinta y seis años faltaban aún para que “El torero puro”, de Rafael, apareciera publicado en Valencia. Es en esta poética pronunciada ante la intelectualidad de la época cuando, precisamente en el paso a la segunda mitad de la centuria y paso definitivo a la nueva época del toreo llegado a hoy, el de Borox encuentra urgente dejar por escrito los fundamentos de un toreo secular que cree ver desvanecerse de un tiempo a su parte: «Es muy curioso oír a los aficionados lamentarse sobre el estado actual de la fiesta, y yo les diría: ¿pero cómo pueden ustedes sorprenderse de esto?. ¿Es que creen que esta situación ha surgido por ley espontánea?. No, señores, ha tenido su proceso».

Es un hecho que quienes pretenden legitimar y encumbrar el toreo actual como el mejor de la historia en base a la personalidad de las figuras del mismo, obvian las conquistas taurinas de sus predecesores y, sobre todo, la perfección técnica que estos llegaron a alcanzar. Una técnica insuperable por completa y por precisa. Es como poco contradictorio que se hable de las figuras del actual escalafón como los adalides de la técnica aplicada al toreo porque, así, se obvia que las poéticas siempre explicaron que la técnica existe justamente para la resolución de los problemas que, los toros de hoy, precisamente no presentan en su mayoría. «Quizá lo bueno sería ver las suertes de la fiesta en un aspecto exclusivamente visual; pero esto no es suficiente, porque tenemos delante de nosotros a un animal al que hay que someter y reducir, y, por lo tanto, es necesario ir a una fórmula, no sólo de estética personal del artista, sino también de estética con relación a la eficacia sobre el animal», explicaba Ortega.

La eficacia de hecho fue el principal paradigma desde los principios del toreo; de ahí que José Delgado, “Pepe Illo”, en 1796 escribiera ya que «toda suerte en el toreo tiene sus reglas fijas que jamás faltan», describiendo con minuciosidad «para su perfecta inteligencia», cómo se debía actuar frente a un cornúpeta en función de si su comportamiento era boyante, pegajoso, si ganaba terreno, si era de sentido o revoltoso, bravucón o temeroso, etcétera. Obviamente, la variedad en el comportamiento del toro, donde impensable era la homogeneidad que da hoy el monoencaste, multiplicaba la importancia del conocimiento técnico que era necesario tener que aplicarle.

Es por todo esto que Domingo Ortega en su citada conferencia hiciera una defensa enconada de lo que se denominó «las normas clásicas», unas premisas derivadas de las históricas que se sintetizaban en la fidelidad que el toreo debía rendir al «parar, templar, cargar y mandar». Muchos de los defensores del destecnificado toreo actual, cargan contra estas palabras por cuanto desde aquel 1950 se convirtieron en un auténtico santo y seña de los –en adelante- denominados puristas, quienes denostaban las nuevas formas. La cuestión fundamental, visto ya en perspectiva, está claro que no fue si se toreaba mejor que nunca, sino si torear, gracias al nuevo tipo de toro, era más fácil que nunca, que es algo muy distinto: «La mayoría cree que parar, templar y mandar es esperar a que los toros vengan a estrellarse en el objeto, sin que el torero se mueva (…) Los toros, cuando más tienen que parar, templar y mandar es cuando más fuerza tienen (…) por lo tanto, hoy no se torea, se dan pases; eso sí, muchos pases».

A nadie sorprenderá que expliquemos que para realizar el torero a la verónica –ante un toro de demostrada nobleza- el torero debe dejar venir al bicorne hacía él por su terreno, en la rectitud, y, cuando éste le llegue, cargarle la suerte y mover los brazos; todo con los pies quietos y siendo capaz de dejarlo, con el movimiento de capote, en el terreno adecuado para poder darle otra verónica del mismo modo. ¿Alguien duda de que éste sea el modo clásico de torear a la verónica?. Pues la descripción no es mía, la hizo Pepe Illo ya en 1796.

Para entrar a matar un toro el matador debe coger la espada con la mano derecha y –fundamental- metido en el centro del toro, y recogiendo la muleta con la izquierda -siempre baja-, cuadre el cuerpo, cite y cuando el toro le llegue y humille en la franela, el torero meta la estocada en lo alto a la vez que procura quedar fuera de la cabezada del bicorne. Si se ejecuta así, la suerte es segura –para la salud del matador y su efectividad sobre el bicho- y de total mérito. ¿Quién lo duda?. Tampoco lo digo yo, de nuevo, fue Pepe Illo a finales del XVIII.

La reglas no solo sirven, sino que ante un animal presumiblemente salvaje –de selección inversa, ya que no se selecciona en función de su domesticación- y lábil, son fundamentales.

A partir de aquí la principal crítica intelectualizada -o con cierto interés intelectual- que se le hace a las antiguas poéticas así como a Domingo Ortega y sus seguidores es que, según dicen los detractores, primero: todo canon escrito sobre el toreo se basa en la mera razón pura; y segundo: que si se analiza la práctica taurina que estos mismos toreros desarrollaron, se demuestra que ni ellos cumplieron dichas normas. Pero ambas premisas son perfectamente refutables. La primera porque José Delgado fue el primero en afirmar que sus reglas de torear no se basaron nunca en lo especulativo, sino en lo práctico, y esto per se no excluye que no puedan extraerse conclusiones firmes: toda práctica lleva implícita la norma que la hace ser, llegándose así a «dar reglas á los aficionados y Toreros para que se conduzcan con seguridad en las suertes; y que los espectadores (…) sepan decidir sobre el verdadero merito de los Lidiadores». Y la segunda, en la que nos centraremos más en Ortega, porque conforme determinaba desde su discurso inicial el toledano, el cambio del comportamiento del toro, ha hecho minimizar la repercusión de las normas, lo cual tampoco excluye que para el bien torear a los toros de casta y poder, sea necesario aplicarse en las mismas. En el resto, no.

Tanto es así que cuando uno repasa los capítulos de la conferencia en el Ateneo de Madrid, salta rápidamente a la vista que el principal cambio de la poética orteguiana respecto a sus predecesoras es que suprime toda referencia que diferencie los modos de hacer el toreo en función del tipo de toro. Y esto es clave. Muchos críticos con Ortega arguyen que éste obvió que si quería hablar de normas, estas debían ajustarse a los patrones de toros y que, al generalizar el parar, templar, mandar, como si se pudiese aplicar a cualquier tipo de situación y toro (sea boyante, el que repone, el tobillero, etcétera) se estaba contradiciendo precisamente la riqueza de los tratados anteriores, por lo que estaba creando una referencia excesivamente radical que llevó a que en las plazas donde se exigía su cumplimiento, la afición purista contraviniera el hacer de los toreros con denuedo, injusticia e ignorancia. Pero en realidad es justo lo contrario. Si se interpreta el texto de Ortega como un cuerpo único, se entiende como el de Borox precisamente sintetizó el arte del toreo con «las normas clásicas» justamente porque vislumbró que el reduccionismo del comportamiento del toro soslayaba cualquier tipo de nueva disquisición. Implícitamente, Ortega operó su poética a sabiendas de que el toro estaba evolucionando a un tipo donde la riqueza de los matices de la casta secular, estaban desapareciendo; escribió sobre el toreo sintetizado como contraposición al que se estaba practicando de modo monocorde y que, vislumbraba, sería el del futuro: el toreo a un tipo de bicorne por el que «el aficionado se ha desentendido y por el que las masas que llenaban las plazas monumentales les tenía sin cuidado si era toro, si era gato o si era liebre».

«Sostengo –decía Ortega- que el arte del toreo radica en el peligro que el toro tenga. Si al toro se le quita ese gran peligro, al menos ésta es la impresión que le da al que está cerca de él, el arte torear no existe; será otra clase de arte, pero la belleza, la grandiosidad el torero, residen en que el torero perciba la impresión, aunque él se sobreponga, de que aquello no es broma, que con rozarle le hiere; entonces es cuando el torero vive, y por lo tanto, puede producir los momentos más álgido del arte». El toreo negativo –como él lo denominó- iba contra la idea esencial de tauromaquia que proponía Domingo. Por cierto, una idea que no quedaba ahí. Para él, peligro conjurado, normas clásicas y eficacia iban de la mano; pero ojo, sin dejar de lado que, una vez dicho tridente se culmina, lo sublime del arte deja paso a la experiencia estética, justo donde se desarrollan las auténticas figuras que con «personalidad, tienen un ritmo exterior que nace de lo más profundo de su sensibilidad, y que les hace ser completamente diferentes, aunque se basen en las mismas reglas».

El poder de la personalidad de un artista en la tauromaquia, al igual que en el campo las artes plásticas contemporáneas estaba ocurriendo, aparecía explicado en “El arte del toreo” como la superación del arte clásico desde el propio arte clásico –nunca como personalidad fagocitadora- y siempre como consecuencia del conocimiento de unos fundamentos desde los cuales, siempre en apariencia, todo empezaba a romperse. Por supuesto entendía Ortega que jamás con la instrumentalización necesaria del nuevo toro-tipo, de su modificación, sino desde ganarle la partida al burel indómito de siempre tras la aplicación de las normas clásicas. Una estética exclusivamente visual, sin eficacia, «será negativa, aún cuando cuente con el aplauso de muchos de los espectadores».

Además el de Borox, engarzado con este debate, supo adelantar una de las peores consecuencias que hoy están dejando las escuelas taurinas, en su momento aún inexistentes. Con gran preclaridad vio que por la vía de la tan manida ‘personalidad’ como paradigma casi exclusivo del toreo esteticista actual, los nuevos toreros difícilmente podrían encontrar un camino de triunfo claro y, al poco de la alternativa, muchos se verían incapaces de expresar nada excepcional, único, ante la cara del toro, tal y como está ocurriendo.

Cerrando ya este texto apuntaré que a nadie escapa que el poder mediático de quienes manejan el profesionalismo taurino en los últimos lustros, no ha parado hasta casi enterrar cualquier atisbo de orteguianismo. Un espectáculo de consumo es mejor en lo crematístico, obviamente. Al igual que ocurría a principios de los años sesenta, resulta que lo importante en los toros no son los toros. Tirando de hemeroteca tengo delante el número 965 de la famosa revista “El Ruedo”, donde en el editorial final de temporada su director preguntaba y concluía: «¿Qué los toros de hoy son como los de ayer?. ¿Qué los toreros se salen de las normas clásicas para inventar tremendismos epatantes?. El tema queda al lado y vamos a ceñirnos, corto y derecho, a las cifras».


 

San Isidro: ‘el agosto’ en mayo
03/06/2015 13:48

Los hosteleros, satisfechos con el mes de toros en Madrid I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1
MARCOS SANCHIDRIÁN | DANIEL VENTURA > Madridlinea-pie-fotos-noticias
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Mundotoro salió a la calle para comprobar la realidad del impacto económico que supone la Feria de San Isidro en los comercios de la zona. Todos los hosteleros están de acuerdo: el mes de toros en Madrid multiplica su volumen de negocio, incluso en ocasiones roza el doble que el resto del año. Un argumento importante que demuestra la salud de la que goza la feria más importante del panorama mundial.
http://www.mundotoro.com/noticia/san-isidro-el-agosto-en-mayo/1245259

 


 

La revolera


El toro es el problema
Por Paco Mora

Cuando dos toreros como Juli y Perera no han podido evitar el tedio de la decepcionante tarde, no hay otro remedio que volver los ojos hacia la urgencia de que la ganadería brava se esfuerce al máximo para recuperar cuanto antes la casta del toro de lidia.
Cuando con siete toros, seis de una ganadería de moda como la de Victoriano del Río y un sobrero de Montalvo, no se da ni una vuelta al ruedo en la corrida de Beneficencia –que siempre fue la más importante del año en Madrid- algo esencial está fallando en la ganadería brava española. Porque el cartel era de lujo; El Juli, que, quieran o no sus detractores -que los tiene-, es el gran caporal de la Fiesta en estos momentos y Perera, no sólo el triunfador del San Isidro de 2014 con cinco orejas en el esportón, sino un torero de una regularidad apabullante durante los últimos años. Cuando dos toreros así no han podido evitar el tedio de la decepcionante tarde, no hay otro remedio que volver los ojos hacia la urgencia de que la ganadería brava se esfuerce al máximo para recuperar cuanto antes la casta del toro de lidia. Máxime cuando hasta en hierros acreditados como el de Victoriano del Río se observa un tono tan bajo.

Sólo un toro bravo y encastado, pero con su incómodo puntito de genio, ha hecho acto de presencia en la arena venteña. Tanto el de San Blas como el de Puebla del Prior han estado en su son. Julián con una depurada colocación y un notable grado de pureza en su toreo rotundo y de manos bajas, que ya venía apuntando desde la feria de Cuenca del pasado año, y que tuvo su punto culminante primero en el festival de Albacete celebrado con Motivo del Congreso Taurino, y después en Las Fallas de Valencia, ha estado toda la tarde a la altura de su categoría de figura máxima indiscutible, dentro de las escasísimas posibilidades que le han ofrecido los “victorianos”.

Perera lo ha intentado todo y en todos los terrenos, en su afán de mostrar al público madrileño su dimensión de muletero recio de notables calidades y profundo trazo. Pero los esfuerzos de los dos toreros se han estrellado contra el muro infranqueable de la falta de casta ribeteada de mansedumbre de los toros que les han tocado en desgracia. El grupito de reventadores que se ha adueñado de la opinión de Las Ventas, ha prodigado durante toda la tarde sus pititos y sus voces extemporáneas, en un alarde de incomprensión ante los esfuerzos de los dos toreros por acreditar su categoría ante un material imposible. Eso sí, sin que la inmensa mayoría del público fuera capaz de acallar su insistente aunque minoritaria protesta.


 

MADRID.- HABLAN LOS PROTAGONISTAS
El Juli: “Si por mí fuera los mataría con 520 kilos y las caras bien hechas, pero esto es lo que hay…”
“Es casi un milagro que embista un toro con 660 kilos”, declara el madrileño a la muerte del tercer toro de su lote
Por Redacción APLAUSOS

Perera: “Este año, por unas cosas u otras, no estaba para mí. Pero la temporada es muy larga…”.
A la muerte de su primer toro, Julián López “El Juli” valoraba de la siguiente manera en los micrófonos de nuestros compañeros de Canal Plus Toros su actuación: “Ha sido un toro enrazado, me ha gustado. No se ha ralentizado para reducir más su embestida. Esta plaza no es fácil pero esto acaba de empezar”. Sobre el segundo de su lote, el madrileño comentó: “No es fácil, me he centrado en él, en sacarle la embestida. Esto es así de duro. Hay que ir construyendo, yo voy a ir a mi lucha”. Una vez mató al quinto, resumió de la tarde: “He estado sincero, entregado, y he intentado torear puro y de verdad toda la tarde. Es casi un milagro que embista un toro con 660 kilos, pero bueno, es lo que hay. Si por mí fuera los mataría con 520 kilos y las caras bien hechas. Los toreros debemos matar lo que salga por chiqueros”.

Miguel Ángel Perera no tuvo opciones con el segundo de la tarde. En palabras del torero extremeño, fue “un toro muy deslucido y con una embestida que no vale ni para Madrid ni para ninguna plaza. Iba a su altura, es cierto que tenía ritmo pero no quería coger los engaños ni emplearse”. Luego, tras matar al cuarto, dijo: “Duró poco, después de la segunda tanda se vino abajo y resultó rajado también. Con los quites parecía que se calentaba la tarde pero… Le vi cosas importantes al toro, por eso le brindé, pero ha durado poquito”. Después de despachar al sobrero que cerró plaza, comentó: “Quedaba la esperanza de que al cambiar de ganadería se pudiera enderezar la tarde, pero este se ha movido humillando poco y con una embestida insulsa. He tratado de ponerle, pero era complicado. Este año, por unas cosas u otras, no estaba para mí, estaba para otros. La temporada es muy larga y ahora hay que seguir buscando ese triunfo diario”.


 

La Revolera


El fin de un extraño litigio
Por Paco Mora

Ni la categoría de la plaza ni el público merecían una Feria de Abril más, devaluada por la ausencia de los toreros de más cartel en estos momentos. La razón la quiere todo el mundo y la culpa suele ser huérfana, pero a grandes males grandes remedios.
Por fin los maestrantes han entrado en el litigio largamente mantenido entre las figuras del toreo y Eduardo Pagés. Tarde, pero la propiedad de la plaza ha tomado una decisión que puede traer como consecuencia que El Juli, Perera, Morante y Talavante vuelvan a La Maestranza de donde están alejados dos años consecutivos. Eduardo Pagés, escollo insalvable para el entendimiento, se jubila(*). No había otra solución, puesto que se ha demostrado que los toreros citados y Canorea eran incompatibles y estaban destinados a no entenderse nunca. Ni la categoría de la plaza ni el público merecían una Feria de Abril más, devaluada por la ausencia de los toreros de más cartel en estos momentos. La razón la quiere todo el mundo y la culpa suele ser huérfana, pero a grandes males grandes remedios.

Parece que Ramón Valencia, cuñado de Eduardo, sería el nuevo administrador único de la empresa de la cual se nombraría gerente a Dávila Miura. Si la cosa fructifica, Valencia de reconocido talante dialogante y carácter tranquilo y mesurado, y Dávila Miura, hombre educado y sociable que conoce el toreo por dentro, podrían formar un tándem adecuado para limar asperezas y que las aguas vuelvan a su cauce. Esperemos que la decisión de los maestrantes ponga fin a la extraña situación que ha estado viviendo La Maestranza estos últimos tiempos.

(*) Lo de quedar Canorea como consejero, como se ha dicho, podría significar un elemento discordante en la resolución del problema.


 


 

El petardo más importante del año
La corrida de Beneficencia debería diferenciarse contando con los mejores toros y toreros, pero eso sería antes. Ahora…
ANTONIO LORCA Madrid 3 JUN 2015 – 22:23 CEST

El Juli, en el segundo de sus toros en su mano a mano con Perera en la Corrida de la Beneficencia. / KIKE PARA

¿Saben en qué se diferencia la corrida más importante del año, la de Beneficencia, del resto de los festejos? Primero, que se celebra en Madrid; segundo, que la preside un miembro de la Casa Real desde el palco del mismo nombre; y tercero, y más importante, que al citado balcón lo adornan con un faldón de terciopelo rojo, que acompañan con unas guirnaldas floreadas.

Aquí se acabó la corrida de Beneficencia. Alguien puede pensar que en la más importante se anuncian los mejores toros, los toreros más sobresalientes, y todos, en especial, los de luces, ponen toda la carne en el asador para que la celebración luzca con el máximo esplendor.

¡Anda ya…! Eso sería antes, o, quizá, alguna vez, pero la de ayer fue uno de los grandes petardos del año porque los toros ayudaron poco y los toreros parecían estar de vuelta, sin el compromiso necesario para un festejo que dicen que es tan importante.

A la vista de la aparente indolencia de El Juli y Perera, se podría pensar que, ante un reto de estas características, no hay nada peor que haber alcanzado ya la meta, que tener las ilusiones ya marchitas, que tenerlo todo hecho y que la profesión sea una rutina. No hay nada peor, quizá, que no tener hambre, que estar rico, sin necesidad de más riqueza ni gloria.

De otro modo, no se entiende la displicencia de los matadores, esa actitud cansina, como abotargada, con pocas ideas, tristona y conformista. Cualquiera podría pensar que El Juli y Perera vendrían a Madrid a matar por un triunfo, a pelear por una primacía, a romper los esquemas y establecer un liderazgo. Y no… Esos valores ya no cuentan.

El primer toro de El Juli, el mejor, a la postre, de toda la corrida, manso pero muy encastado y codicioso en la muleta, que repitió la embestida, humillado y fijo, sobre todo por el lado izquierdo, llevaba un cortijo en cada astifino pitón. Pero como El Juli ya tiene cortijo, se dejó ganar claramente la pelea y elaboró una faena intermitente y desigual con algunos muletazos hondos y otros cargados de sosería y ventaja. Con un dominio a medias de la situación, le faltó rotundidad y mando, y dio la impresión de estar desbordado por la codicia de una máquina de embestir que le puso el triunfo en bandeja. Vamos, que el todopoderoso Juli, que lo es, echó el freno y prefirió una faenita moderna, de las que no interesan, a un faenón de toda la vida que vuelve loca a la parroquia.

Distante se llamaba el animal, y allá que se fue al desolladero entre la ovación del público y sus orejas colgando, mientras el torero se encerraba en el callejón con la cabeza gacha.

Algo parecido le ocurrió en el tercero, con menos fortaleza, pero muy noble. Muy ventajista en todo momento, pases y más pases insulsos, y una faena tan larga, hasta nueve tandas, como vulgar, que desparramó aburrimiento por los tendidos. Más trapazos hubo ante el soso quinto, cuya lidia transcurrió entre protestas de una parte del público que pedía más exigencia y compromiso a la figura.

Sin ilusión
Tampoco Perera vino a Madrid con la ilusión por las nubes. No es el mismo del año pasado; ni mucho menos. Más conformista y cómodo, tuvo menos opciones con su lote, pero no dio un paso más allá del toreo en línea recta, mal colocado y al hilo del pitón. Muy descastado fue su primero, con el que no consiguió una gota de emoción. Brindó al respetable el cuarto, pero se rajó pronto y todo quedó deslavazado y destemplado, y nulo interés tuvo su labor ante el sobrero, soso y noble, al que dio muchos pases y no dijo nada en ninguno de ellos.

Ovación y pitos

OVACIÓN: Distante, de 490 kilos, fue el mejor toro de la tarde por codicia y movilidad.
PITOS: El Juli y Perera decepcionaron en la corrida más importante del año.

 

Hubo, eso sí, un quite entre ambos que mereció la pena. En el cuarto de la tarde, El Juli se lució con unas chicuelinas con las manos muy bajas, y le respondió Perera con una tafallera seguida de ceñidísimas gaoneras. Lo mejor de la tarde, sin duda, junto al segundo par de Jesús Díez Fini a ese mismo toro, por lo que fue obligado a saludar.

En fin, un petardo, como le cantó el tendido siete a ambos matadores mientras hacían como que muleteaban entre la desidia general. El petardo más importante del año, en el que lo único que sobresalió fue el faldón de terciopelo rojo y las guirnaldas. El resto, por desgracia, igual que muchas tardes: ausencia de casta entre toros y toreros.

DEL RÍO / EL JULI, PERERA

Toros de Victoriano del Río —el sexto, devuelto— desigualmente presentados, muy mansos, descastados y nobles; muy encastado y codicioso el primero. Sobrero de Montalvo, noble y soso.
Julián López El Juli: media estocada y tres descabellos (ovación); casi entera tendida y trasera (silencio); estocada trasera y caída y un descabello (silencio).
Miguel Ángel Perera: pinchazo y media atravesada y baja (silencio); estocada —aviso— y un descabello (palmas); estocada (silencio).
Plaza de las Ventas. 3 de junio. Vigesimoséptima corrida de la feria de San Isidro. Lleno de ‘no hay billetes’. Presidió la Infanta Elena desde el palco real.


 

Al rincón de pensar

Cuadri-2

Salió al ruedo el cuarto toro y se oyó en la Plaza un rumor de admiración. Alto de cruz, largo de cuerpo, rabilargo, de cuerna engatillada y mirada penetrante, con un pelo castaño que se oscurecía en el cuarto delantero aleonado. No era el típico cuadri de pelo azabache, por tanto se salía del esteriotipo de esta subraza de lidia que creara don Celestino en el año 46 con un popurrí de sangres, entre las que dominaba la ibarreña de Santa Coloma (antes del cruce con Saltillo), aderezada con un porcentaje de Urcola y unas gotitas parladeñas de la punta de ganado de Gamero Cívico que manejó Juan Belmonte. Era un toro que traía reminiscencias de los urcolas que creara un caprichoso vasco a principios de siglo con los vistahermosas de Adalid. Apareció altivo, marchoso, pidiendo guerra. Se llamaba Tejedor y pesaba 606 kilos. Pedazo de toro.

Aquél toro se arrancaba a todo lo que se movía, tomó los vuelos del capote con codicia inusitada, se revolvía retador, metiendo la cara por abajo y galopando a gran velocidad. Vio al caballo de picar que montaba Valdeolivas y le propinó un testarazo que hizo saltar al piquero por los aires. Aires de toro antiguo, traía a Las Ventas este cuadri urcoleño, en estampa sepia. Un toro para tirar la moneda, para apostar a todo o nada, a cara o cruz, que es la eterna incertidumbre del toreo.

Luis Miguel Encabo se enfrentó a este bello ejemplar de la cabaña de lidia y lo toreó con decisión a la verónica, pero tragando el escaso jugo que debían generar sus glándulas salivares. Daba miedo este toro, la verdad. Cuando el picador que voló por los aires y rodó por la arena se incorporó a la silla de montar y acabó un descompuesto tercio de varas –¡qué mal se pico toda la corrida!—asistimos, sin duda, al momento más emocionante de la corrida. El matador, Luis Miguel, apercibido del poderío del toro, de sus veloces arrancadas y de su bravura incontestable, cedió los palos a los miembros de su cuadrilla, y allí apareció la figura menuda de Ángel Otero, embutido en un vestido negro y azabache, arrancando ágil, solo, alegre, sin perder la línea, sin más que la gracia contra la ira, como rezan los versos de Manuel Machado, para colocar un par magnífico, un par que parecía imposible, por la altura del cerviguillo del toro y la menguada estatura del banderillero; por tal motivo, en el segundo intento, el engallado Tejedor le quitó los palos al alzar los brazos en el embroque, antes de clavar, de un violento cabezazo. El público –y el torero—solicitó un nuevo par, pero ya aquél toro se había hecho con los mandos del segundo tercio y no permitió que se consumara la suerte más que a medias. No obstante, la ovación para Ángel Otero fue la más rotunda de la tarde.

Después, Luis Miguel Encabo debió echar cuentas de la papeleta que tenía por delante, recapacitó sobre su situación, y se guardó la moneda que, en casos como éste, los toreros deben colocar en el casillero de la ruleta del triunfo… o del fracaso, apuestas ambas de muy difícil predicción. La suerte, es caprichosa, y más aún, en circunstancias tan apremiantes. Luis Miguel regresaba a Madrid, a la Plaza donde alcanzó un sorprendente éxito de novillero y donde tantas tardes ha esgrimido sus excelentes cualidades y las lecciones que aprendió en la Escuela Taurina, la que, al parecer, quiere cercenar la probable alcaldesa de la capital del Reino. Regresaba ante una corrida de acreditada dureza, por la bravura empírica de sus toros. Él lo sabía y lo aceptó. Este cuarto toro embestía con codicia, encastado, con poder, probablemente porque no fue castigado en varas, por eso había que echar el resto con la muleta, y quién sabe lo que podría haber ocurrido. Con esa incógnita nos quedamos cuando el toro fue conducido al arrastradero, en medio de una ovación. Se había encontrado Encabo, en primer lugar, con un toro que llegó aplomado y reservón al tercio final, y estuvo lo que podríamos decir, en profesional, con oficio, aunque –supongo– estas calificaciones no deben ser bien acogidas por los intérpretes del arte del toreo que se sienten como tales. Y Luis Miguel, es uno de ellos. Colocó a ese negro toro una estocada en la yema, limpia, perfectamente ejecutada. Fue lo mejor de su reaparición madrileña. Ahora, al rincón de pensar.

Valeroso, esforzado, empeñado en rebañar las embestidas de su lote de cuadris, y las palmas del público, estuvo toda la tarde Fernando Robleño. Fue, de los tres, el que con mayor dignidad y sentido de la responsabilidad se empleó en el ruedo, ante un lote de toros de distinta condición, uno, el jugado en segundo lugar, que reponía con presteza los terrenos del viaje, aunque embistió con más templanza por el pitón izquierdo y otro, el quinto, único cinqueño de la corrida, que levantó en vilo al caballo de picar montado por El Legionario, y, después, ante la muleta, remoloneó, pero le faltaron un par de trancos para completar el recorrido que le trazaba el torero y acabó agarrado al piso, sin dar mínimas opciones al valeroso Robleño. Ni un pero, a su actuación.

Alberto Aguilar, en cambio, solo mostró esa decisión en el primero de su lote, que no aguantó más de dos tandas de muleta, se vino abajo estrepitosamente y se echó al suelo sin que le acabaran de clavar la espada. El sexto, fue más temperamental y algo reservón, pero apuntó cierto recorrido por el pitón izquierdo y el joven torero no supo cómo meterle mano. A esas alturas de la corrida, un toro de estas características debe generar un respeto imponente. El respeto que debe imponer, siempre, siempre, el toro bravo, con los inconvenientes que pueda conllevar.

Respeto que el público debe trasladar a quienes se ponen delante de él y, en consecuencia, valorar en justa medida lo que acontece en el ruedo. En esta Fiesta nuestra, tan controvertida y apasionante, todos deberíamos ir, de vez en cuando, al rincón de pensar.

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Vigésimosexta de feria. Ganadería: Hijos de Celestino Cuadri. Corrida compacta de hechuras, en el clásico tipo de su célebre y original encaste, con toros de abundante romana e imponente seriedad, badanudos, cuajados y bien armados, aunque de escaso fondo. Se arrancaron con presteza al caballo de picar y aguantaron el castigo, pero, en general, llegaron aplomados al tercio final, excepto el sexto y, sobre todo, el cuarto, que fue muy encastado, temperamental y agresivo. Espadas: Luis Miguel Encabo (de turquesa y plata), buena estocada (silencio) y estocada que asoma y dos descabellos (aviso y pitos), Fernando Robleño (de tabaco y oro), estocada valerosa (aviso y ovación) y pinchazo y estocada caída (silencio) y Alberto Aguilar (de azul y oro), tres pinchazos y el toro se echa (silencio) y pinchazo, media cuarteando y tres descabellos (silencio). Entrada: Tres cuartos. Cuadrillas: En el cuarto toro, Ángel Otero protagonizó un emotivo y meritorio tercio de banderillas. Incidencias: Tarde muy calurosa, sin viento.

 


 

Trascendencia del torero gaditano Bernardo Gaviño

Nacionalismo y Tauromaquia en México, durante el proceso de independencia


Bernardo Gaviño y su cuadrilla, según una acuarela de la época
El impacto que en la Tauromaquia tiene el proceso de la independencia de México, a partir de la Constitución de Cádiz de 1812, constituye una etapa verdaderamente apasionante de los anales taurinos. El torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda, instalado en tierras aztecas en las primeras décadas del siglo XIX, después de haber tenido todo un aprendizaje taurino en España, resulta de especial importancia durante toda esa etapa. El historiador José Francisco Coello Ugalde ha rescatado anteriores estudios y ha elaborado un ensayo sumamente interesante para conocer todo el desarrollo la Fiesta en las tierras mexicana, que permite entender el sentido y la trascendencia del mestizaje cultural y taurino que nació de aquel proceso.
Actualizado 24 mayo 2015
Redacción

El impacto que en la Tauromaquia tiene el proceso de la independencia de México, a partir de la Constitución de Cádiz de 1812, constituye una etapa verdaderamente apasionante de los anales taurinos. El torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda, instalado en tierras aztecas en las primeras décadas del siglo XIX, después de haber tenido todo un aprendizaje taurino en España, resulta de especial importancia durante toda esa etapa.

El historiador José Francisco Coello Ugalde, autor, entre otras obras, de “Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX”, la mejor biografía que se ha escrito sobre este ilustre gaditano de Puerto Real, ha estudiado el importante papel desempeño en esta época.

Gaviño se convirtió en el eje de la fiesta en México. Se le concedió el título de director de lidias y maestro de toreros. El gaditano puso orden en las corridas, dictó enseñanzas y mantuvo la tradición española en los festejos de a pie.

Lo único que Gaviño no impuso en los ruedos mexicanos fue la suerte del volapié, inclinándose más por la facilidad del que allí se estilaba y que llegó a conocerse equivocadamente como “estocada a la española”, de tal forma que toreros españoles que intervinieron posteriormente en festejos en tierras mexicanas fueron fuertemente abucheados cuando mataban al volapié, por creerse el público que era una suerte mal ejecutada.

Cuando Bernardo llegó a México, entre 1829 y 1834, de inmediato organizó cuadrillas y recorrió el país, despertando en todas las regiones la afición al espectáculo que, aunque no era desconocido, por los muchos españoles que había en el territorio –muy a pesar de la expulsión que sufrieron hasta antes de 1836, año en que España reconoce la independencia de México–, ofrecía novedad como Gaviño lo presentaba.

Gaviño se ajustó a los gustos del público y creó una manera especial de toreo. Los picadores montaban en caballos con el pecho y ancas cubiertos de cuero y no picaban a los toros, sino que los pinchaban en cualquier sitio. Los banderilleros clavaban invariablemente tres pares, repartidos por todo el cuerpo de la res y, cuando sonaba el clarín, salía Gaviño con un capote arrollado a un palo en la mano izquierda, y después de dar tres o cuatro lances, se colocaba a la derecha del toro con el capote extendido, hacía con éste un movimiento hacia la derecha del toro y al tiempo que el toro embestía al trapo, le introducía en la tabla del cuello, casi siempre bajo, el estoque, que sacaba inmediatamente, dando una vuelta sobre los talones y mostrando al aire el acero victorioso al tiempo que la degollada res rodaba.

Con alrededor de 57 años de vida profesional entre España, Uruguay, Cuba, Perú y México este importante torero decimonónico alcanzó en esos años la friolera de 721 tardes donde su nombre en los carteles.

Pero no siempre le fue bien en sus negocios, ya fuera como torero ya en su vertiente de empresario. Y así Artemio de Valle Arizpe da cuenta de como “quebró la casa de comercio en la que tenía depositados sus ahorros, cosa de ochenta mil pesos, y pronto como había hecho demasiados gastos quedó perdido y miserable para toda la vida.

Ya pasados los 70 años, en este trance tuvo que aceptar un contrato para torear en Texcoco, donde recibió una tremenda cornada, muriendo a consecuencia de ella, el 11 de febrero de 1886. Las crónicas de la época achacan las causas del trágico percance entre otras, a la pérdida de facultades físicas por la edad, y un instante de descuido o de mala percepción que puede tener el mejor de los toreros ante las reacciones imprevistas de una bestia enfurecida. Al dar un pase de pecho, fue cogido por la espalda, suspendido y engatillado, recibiendo una herida en la proximidad del ano, hacia la derecha, en la región anatómica llamada por los facultativos hueco isquio rectal. Murió a consecuencia de la infección de una herida en el recto, a las 9:30 de la noche del día 11 de febrero siguiente en su casa en Callejón de Tablajeros en México D.F.

El mestizaje en el que se envuelve Bernardo Gaviño permitió que actuara incontables tardes en ruedos mexicanos , lo mismo en la ciudad de México que en Toluca o Puebla. También en Morelia o en sitios tan alejados como Durango y Chihuahua. Pero también en Uruguay, Perú, Cuba y Venezuela. Algo que no puede dejar de mencionarse, es el hecho rotundo de que su trayectoria en los toros en esos 57 años en América, desde su llegada en 1829 a Montevideo, y el momento de su percance mortal en Texcoco, demuestran que es una de las más largas carreras en la Tauromaquia universal.

La influencia de Gaviño durante buena parte del siglo XIX fue determinante, y si el toreo como expresión gana más en riqueza de ornamento que en la propia del avance, como se va a dar en España, esto es lo que aporta el gaditano al compartir con muchos mexicanos el quehacer taurino, que transcurre deliberadamente en medio de una independencia que se prolongó hasta los años en que un nuevo grupo de españoles comenzará el proceso de reconquista.

Bernardo Gaviño no es una casualidad para la historia taurina en el México del XIX. Su presencia perfila el destino de aquel espectáculo matizado por la invención permanente y efímera al mismo tiempo, en la que una corrida era diferente a la otra, presentando diversidad de cuadros que hoy pudieran resultarnos increíbles por su riqueza de Mejías o Saturnino Frutos ya solo escucharán hablar de él, como otro coterráneo suyo que dejó testimonio brillante en cientos de tardes que transcurrieron de 1835 a 1886 como evidencia de su influjo en la tauromaquia mexicana de la que ha dicho Carlos Cuesta Baquero, autor imprescindible en el análisis de un trabajo que concluye con esta sentencia: “Nunca ha existido una tauromaquia positivamente mexicana, sino que siempre ha sido la española practicada por mexicanos influida poderosamente por el torero de Puerto Real (España) Bernardo Gaviño y Rueda. En este personaje se deben encontrar los verdaderos cimientos de creación de la que en su tiempo se llamó “escuela mexicana”, como lo afirmaba una publicación taurina española hace poco más de un siglo”.

Este Bernardo Gaviño se viene a convertir en el hilo conductor de este nuevo ensayo de José Francisco Coello Ugalde, quien a modo de presentación de su trabajo escribe:

Con la Constitución de Cádiz (1812) se obtuvo como resultado el origen del constitucionalismo español. México logra la libertad y comienza su tránsito de auténtica independencia alcanzada en dos etapas: 1821 y 1867, momentos en que la República y la República Restaurada son un hecho consumado, luego de difíciles tiempos en que la estabilidad se vulneró debido a las luchas por el poder.

El nuevo estado de cosas originó en nuestro país un rechazo a la herencia española misma que enfrentó de manera por demás singular el torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda, quien llegó a México entre 1829 y 1835, país en el que permanecería hasta su muerte, ocurrida el 11 de febrero de 1886. Al decidir su residencia definitiva deja un legado de experiencias traducido en amplio despliegue de formas y expresiones que españolas se tornaron mestizas en medio de un ambiente que se enriqueció gracias al amplio concepto de libertades, las cuales propiciaron cierto relajamiento que no se alejó de las raíces, nutrientes hispanas asimiladas por Gaviño y que hicieron suyas muchos diestros nacionales quienes le dieron un carácter distinto, eminentemente nacionalista, que entró en combinación con las actividades campiranas mismas que también se depositaron en las plazas y tuvieron en Ponciano Díaz a su mejor exponente. En Madrid se le concede a Ponciano la alternativa de matador de toros, la tarde del 17 de octubre de 1889 y les regresa a los españoles una buena parte de las riquezas que Bernardo depositó en nuestro país.

La tarde del beneficio a los deudos de Bernardo Gaviño, se escuchó un grito particular: “¡Mueran los gachupines”! como si con aquello se señalara parte del viejo testimonio de lucha con que el propio Gaviño incitaba a los concurrentes en tardes donde actuando otros toreros hispanos, estos representaban un obstáculo a las pretensiones de nuestro personaje por seguir siendo dueño de la situación. Delicado asunto. A pesar de la finalidad que tuvo el beneficio en el que Ponciano participó resulta paradoja ridícula, que loará a la memoria de un “gachupín”, para despertar la odiosidad en contra de otros “gachupines”. Pero tal paradoja daría el apetecido resultado “porque las muchedumbres no reflexionan, son impulsivas”.

Estas son mis reflexiones en torno al “Nacionalismo y Tauromaquia en México. Un recorrido por el siglo XIX. Trascendencia y significado del torero andaluz Bernardo Gaviño y Rueda””.

 





 

 

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