EL TORO MEXICANO

21 Nov

El toro mexicano

Publicado por Fernando Fernández Román

 

La pregunta es, ¿debe tener el toro bravo denominación de origen?

La respuesta sería afirmativa si, como parece obvio, se tienen en cuenta las afinidades de tipo, raza, criterio selectivo y condiciones medioambientales en las que se cría. En cambio, si nos remitimos al concepto empírico de bravura, esto es, la capacidad del animal para hacer valer lo que el profesor Sanz Egaña definía como “instinto de liberación”, el toro de lidia no debería depender de su lugar de crianza. Sería más o menos  bravo o más o menos manso. Punto. En lo tocante a su aspecto físico, su corpulencia, su armamento y su pujanza, bastarían con las normas fijadas por el filósofo Ortega y Gasset para garantizar la emoción que debe proporcionar el toro en el ruedo: “Casta, poder y pies”; de modo que así consideradas las cosas la data de su procedencia geográfica sería una referencia secundaria.

Sin embargo, la realidad demuestra que dicha referencia siempre fue una fuente preclara para definir las dos cuestiones que dan fundamento a la existencia y pervivencia del toro bravo: aspecto y carácter. O, por decirlo en lenguaje puramente taurino, el trapío que induce a un reverencial respeto y su condición de luchador infatigable. Desde los tiempos más remotos, aquí, en España, los toros de las razas fundacionales de bravo siempre llevaron implícita a la identidad el lugar de procedencia, como detalle inequívoco de su estampa y comportamiento, a tal punto, que desde el siglo XV hasta el XX, el orden de salida de los toros en los festejos reales era: ”…primeramente uno de Castilla, después uno de Aragón, luego otro de Navarra, y en seguida otro de Andalucía, si los hubiere…” , y con esta acotación estaba dicho todo.

Traigo a colación la cita, para justificar el hecho de que la apelación geográfica no solo tiene comprobantes históricos, sino componentes identitarios. Y la traigo porque leo y oigo constantemente  lamentos, quejíos y denuestos varios sobre el llamado “toro mexicano”, y porque tal denominación está siendo objeto de persecución por la una buena parte de la conspicua afición de acá y por no pocos aficionados de allá.

Digámoslo pronto y claro: me consta que en algunas Plazas mexicanas de relevancia, el toro que se suelta, en lo referente a presencia y esencia, se muestra muy por debajo de los mínimos exigidos, ateniéndose los responsables a la tipología del toro del país. No valen atenuantes. Algunos documentos gráficos no dejan de causar rubor y por tanto habrá que poner pie en pared: ni tanto, ni tan calvo. Me consta, también, que algunos colegas mexicanos– con quienes mantengo una magnífica relación personal y profesional–, apelando a la decepcionante presentación, la escasez de fuerzas y, en general, al juego del ganado que se está lidiando últimamente, claman al cielo y mandan al infierno a los especuladores y promotores de estos desatinos. Insisto: a la vista de los datos contrastados y fehacientes, tienen razón.

Pero, cuidado, no caigamos en la tentación de transpolar la desmesura del toro bravo español a otras latitudes. Puede que esos mismos colegas, y muchos aficionados de México, se encuentren mediatizados y seducidos por la imagen que se sirve desde España –especialmente, desde Madrid—del boyancón cornalón que pone cota altísima al concepto de trapío, tan aleatorio como a veces interesado. Repetiré la frase volviendo la oración por pasiva: ni tanto, ni tan calvo.

El toro mexicano, como la tauromaquia mexicana, son singulares. Muy de allí. Algo consustancial con el carácter o la idiosincrasia de sus gentes. Es su toro y su toreo. Cuestión de conceptos, de personalidad. Desde que, pasada la arriscada aventura de Ponciano, llegaron las finuras de Gaona, Armillita o Silverio, pasando por la fantasiosa orfebrería capotera de Pepe Ortíz, un sinfín de toreros mexicanos le han puesto un tempo especial a su forma de interpretar el arte de enfrentarse al toro. Y desde que los españoles de Cortés llevaron los primeros toros al latifundio de Atenco, los ganaderos mexicanos se han esforzado por crear y criar un toro específico, partiendo de una base sólida y solvente, para lo cual hubieron de acudir al  hontanar de las dehesas de la Baja Andalucía, a fin de  poner el pie de simiente a una nueva línea genética del ganado de lidia. El toro mexicano es, básicamente, el que se forjó con el pequeño, pero firmísimo pilotaje de seis becerras y dos machos del marqués de Saltillo, más otras diez hembras inmediatamente posteriores. Con independencia de las puntuales inyecciones de sangre brava de las ganaderías españolas más acreditadas –especialmente, Gamero Cívico y Murube–, el prototipo del toro mexicano es el que se deriva de aquella compra realizada en 1908 por los hermanos Llaguno a los herederos del primer marqués de Saltillo ganadero. Un tipo de toro como el que se muestra en el presente documento gráfico. Un toro de cabeza trapezoidal, ojos saltones, cornivuelto, discretamente enmorrillado, de grupa recortada, carnes redondeadas, pezuña fina y manto piloso grisáceo, con ligeros toques rojizos (¿reminiscencias del primitivo encaste “lesaqueño”?); un conjunto, brevilíneo y compacto que movería la aguja de la báscula entre los 450 y 490 kilos. Su comportamiento suele (o solía, al menos) ser agresivo de salida, codicioso en los primeros tercios y de progresiva recuperación en las faenas de muleta de largo metraje. Van a más, que se dice en la jerga, pero toman el engaño con perezoso y largo recorrido, lo cual posibilita muletazos de majestuosa templanza… si el torero es capaz de aguantar esa embestida al paso y el lento recorrido de los pitones por delante de los muslos.

Con este tipo de toro –y de toros de otros linajes, pero similar arquitectura– los toreros de México y de España, principalmente, han cuajado actuaciones memorables. Con este toro mexicano, muchos de ellos se han ido al hule muy gravemente heridos. Cogen y hieren, porque como decía Joselito el Gallo, los toros cornicortos son los más certeros.

Ahora, vaya usted y diga a los aficionados españoles que salga este toro en cualquier Plaza de primera categoría y se monta la mundial. Pero yo les digo, ¿no son ustedes los que claman por la pervivencia de la diversidad de encastes y reclaman, entre otros, el de Saltillo? Pues éste de San Mateo es, probablemente, el más puro de todos los “saltillos”, porque bien se preocupó de ello el genial Antonio Llaguno.

Ojalá que las zorrerías estúpidas de quienes pululan entre las gentes de coleta de aquí y de allí no perturben la innata condición que debe tener el toro mexicano; porque si así fuere, estarían dando munición gratuita a los que ridiculizan su presencia en los ruedos. Casta, poder y pies, oigan. En su tipo y en su peso. Que no paren de embestir ni se rindan fácilmente. Y ahora póngase usted delante, torero. A ver, qué pasa.

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